jueves, julio 09, 2009

A tres cuadras de aquí


Ese día, durante toda la mañana, estuvieron hablando de lo del sobrino de Ricardo, que al pobre lo habían matado para quitarle un BlackBerry. Y alguien, en medio de ese gallinero suelto, justo en esos momentos en que todos se callan y el susurro se convierte en un grito que irrumpe en el silencio, dijo: “¿Y cómo es que son esos perros?”.

Pero ése no es el cuento. El cuento es que ese mediodía me dio miedo ponerme los audífonos a todo vatio para superponerle a la banda sonora de Caracas mi propio soundtrack y así forzarme (y forjarme) una nueva película particular. Ese día pensé que la ruleta rusa en la que vivimos me iba a tocar por necesidad, que el ángel de la guarda me iba a decir: “Panita, lo lamento, pero yo estoy exhausto. Yo llego hasta aquí”. Y además me puse a pensar en algo que siempre me ha angustiado: cuál será la última canción que uno oirá en esta vida. Es decir, en qué y en quién estarás pensando cuando te toque. Morirse oyendo reggaeton tiene que ser un tipo de muerte. Y yo preferiría otra muerte.

El punto es que ese día me lancé a la calle sin los audífonos y gracias a ese detalle nimio no me perdí el cuento que presencié a unas tres cuadras de aquí.

Está un indigente metido de cabeza en un pipote de basura, literalmente clavado dentro del barril metálico con los pies pedaleando en el aire. Emerge de allí cubierto de muchas cosas y con dos trofeos en las manos: un vasito plástico con algo que hace varios días fue (quizás) jugo de piña (o de guanábana) y con los restos de una cosa parecida a un sándwich de chorizo (o tal vez pizza). Se los devora con un gusto increíble, le brillan los ojos y los dientes debajo de la maraña de pelos. Una señora sale en ese preciso instante de un restaurante con una bolsa en la mano. Se nota que es algo caliente metido en un envase de aluminio, acompañado de dos trozos de pan y una lata de refresco. La señora, deteniéndose a mi lado, se le queda viendo al hombre y se conmueve:

—Señor…. Señor… oiga, ¿no quiere comerse este pasticho?

El hombre, imperturbable, permanece con la mirada perdida en el vacío, apura el último trago y se relame el borde del vaso haciendo círculos con la lengua.

—Tome, señor, cómase este pastichito que está rico.

Hasta que el tipo finalmente se digna a girar la cabeza en dirección a la doña, se le queda viendo a la suculenta bolsita que le extiende y dice:

—No, vale ¡Que voy a estar comiendo yo esa mierda!

sábado, julio 04, 2009

A treasure


Me gustaba esa niña, sólo que aún no tenía idea. Nunca lo supe, hasta que un día compartimos el columpio. Nos sentamos frente a frente en la misma rueda de caucho, la única que quedaba libre en el parque, y mientras nos balanceábamos adelante y atrás nuestras rodillas se rozaron. Fue un poco raro pero vaya que se sentía bien. Allí supe que esa tal Verónica me gustaba un montón y que ojalá siempre quedara un único columpio libre para tener que compartirlo con ella.

Un año más tarde ya estábamos en primer grado, era un lunes y además de inseparables éramos ricos. Su padre le había dado una moneda de 5 bolívares y mi madre me había dado otro fuerte, idéntico, macizo y plateadísimo para que lo administrara exclusivamente en sándwiches de queso y jugos naturales. Con esa monedota uno comía en la cantina una semana entera y hasta sobraba para chocolates y helados (aunque estuviera prohibido).

Antes de la hora del recreo la llamé aparte y le mostré mi fortuna comprimida en el bolsillo. Ella me mostró la suya y decidimos, sin decir palabra, que no la podíamos malgastar en comida. Había que guardarla para más adelante, para una ocasión que valiera la pena. Durante el recreo nos apartamos del grupo, no comimos, no jugamos a la Ere, no hubo doy la piedra pero no la recibo. Nos fuimos al fondo del patio, al final de la cancha de voleibol y metimos las manos entre los huecos de la reja. A cuatro manos abrimos un hueco en la tierra, ella puso allí su moneda y yo la mía, muy juntas, rozándose las rodillas. Cubrimos ese tesoro de 10 bolívares a veinte dedos y dejamos una ramita clavada en la cima del montículo, como si fuera la tumba en miniatura de alguien importante.

No hubo en todo el año ocasión ni misión que ameritaran el desentierro de los dos fuertes. Siempre podíamos compartir el sándwich de queso, sorbernos el jugo de naranja a medias, partir a la mitad la barra de chocolate. Cualquier cosa, en caso de un apuro, eso seguía allí en su lugar secreto esperando turno.

Al año siguiente a Verónica la cambiaron de colegio o de país. No la volví a ver en mi vida y no tengo la menor idea de qué fue de la suya. Pero durante los once años siguientes que frecuenté esas canchas le pasaba por al lado a la tumba del tesoro y me le quedaba mirando de soslayo, sabiendo que seguía allí. Creo que incluso perdimos un par de juegos vitales de voleibol por mi culpa, por estar viendo hacia otro lado y pensando quién sabe en qué.

No he vuelto a pisar ese lugar en los últimos veinte años. Hasta hoy. Esta noche habrá reencuentro y habrá fiesta. Y tragos y risas y músicas y recuerdos de la época y forzosamente también habrá cantidades de cirugías reconstructivas -mentales y a toda velocidad- para adivinar quién carajo será esa persona tan cariñosa que lo saluda a uno, sepultado debajo de esas canas, de esa calva, de esas arrugas, de esa barriga, de veinte años de trote. Y en medio de todo eso, lo puedo jurar, pienso escapar a las canchas de voleibol sin que nadie lo note para cerciorarme de que el tesoro sigue allí, a buen resguardo, en su rinconcito secreto detrás de la reja.

Seguro que sí. A no ser que Verónica se me haya adelantado en un momento de necesidad.

miércoles, julio 01, 2009

Lo siento, Michael


Me voy a fusilar una frase que alguien dijo el día de la muerte de Michael Jackson: “siento más pena por su vida que por su muerte”. A quien quiera que la haya dicho: gracias, es usted brillante, permítame y lo suscribo.

Lo siento, Michael, pero no lo siento. No lo siento ni un poquito. Me siento hasta mal de tanta indiferencia que me provocas tanto en vida como en ausencia. Me da exactamente igual que no estés o que sigas estando o que estés pero en estadio de cocuyo mientras te haces mariposa.

Me reservo mi derecho a no participar. A quedarme, una vez más –ahora por decisión propia- al margen. No leeré las noticias sobre tus autopsias, ni las especulaciones de si te asesinaron, te suicidaste, te estás escondiendo en el mismo hueco que Marilyn y Elvis o si te abdujeron los extraterrestres. Una vez más, como dicen los catalanes: Tú mismo, me da igual.

No miraré tus funerales ni las ofrendas de los millones que te rinden culto. Cambiaré sistemáticamente y a toda conciencia el rumbo de las conversaciones cuando alguien te ponga sobre el tapete. No pienso volver a ver tu video de thriller (lo vi cuando tocaba y ya entonces me gustó poco y nada). No buscaré tu película de Moonwalker (te juro que viviré y moriré sin que eso jamás me secuestre dos horas de existencia). No pienso ver el homenaje de los 1500 presos filipinos que bailan la coreografía de Thriller en tu honor. No me parece gracioso ni curioso ni simpático -si te soy honesto me preocupa, me preocupa un montón que la gente le encuentre sentido a su vida a partir de la tuya-. Reconozco tu talento, cómo no, pero vaya qué talento tan mal canalizado, vaya música nefasta la que siempre hiciste, vaya manera de cantar, chillar y gemir tan espantosa (eso sí que era espeluznante). Bailabas bien (que a nadie se le quita lo bailado) pero eso se me parece a ponerle unas ventanas de ensueño a un edificio que arquitectónicamente es un bodrio y además se cae a pedazos por estar mal calculado.

Michael me has regalado muchos más momentos malos que buenos. Me has quitado mucho más de lo que me has dado. Tu obra me maltrata, me ahuyenta y me resta más de lo que me ha sumado. Y sin embargo no te guardo rencor, no me alegro en tu desgracia pero tampoco te echaré de menos. Así que te deseo bien, te deseo paz, buen viaje y vida eterna; pero también te deseo lejos. Ojalá te vayas a ese lugar luminoso y florido donde esperarás -y algún día compartirás eternamente- con Los Amigos Invisibles, el gordo de Guaco, Ricardo Montaner, Paul McCartney y Phil Collins.

Yo, que me obstino en creer y confiar en que la otra vida existe, estaré mientras en otra fiesta que queda en otro cielo; con David Bowie, con Sentimiento Muerto, con Klaus Nomi y con Robert Smith.

Michael Jackson, y allí no cabes tú.

martes, junio 23, 2009

Röyksopp, mudando la piel


Los noruegos de Röyksopp han concebido y parido dos veces la misma criatura. Como si por algún capricho del destino -o acaso de la desmemoria- se pudiera, a veces, dar a luz gemelos siameses pero en dos entregas: uno primero, y el otro siete años después.

Decía un profesor de literatura que había dos tipos de autores: los que intentan reinventarse en cada obra, y los que escriben -y se reescriben en- la misma, una y otra vez. No se trata aquí de hacer una competencia entre un grupo y el otro; simplemente diré que soy afecto a los segundos y que ese fenómeno de los dos bandos parece aplicar no sólo al arte de las letras, sino también a la pintura, en el cine, la arquitectura, la música.

Creo que lo que nos conecta con el estilo de un autor es algo profundo, un guiño o una rendija que permite comunicar su espíritu con el propio. Hay una esencia allí, muchas veces no verbalizable, que nos engancha a unos pocos y nos hace repudiar -o permanecer indiferentes- a todos los demás. Explicar a alguien porqué te gustan los cuadros de Rothko y detestas los de Monet es tan absurdo como justificar porqué te enamoras de alguien. Quien logra explicar racionalmente eso es muy ingenuo o muy idiota.

El punto es que, quizás, a algunos nos gusta tropezar con las mismas esencias. Nos fascina adivinar que el espíritu permanece intacto debajo del cambio de piel. Y digo piel porque las mudas de ropa y de disfraz no nos sirven ni interesan. Nos hacemos adictos a descubrir y redescubrir que ahora -sí, podemos verlo y reconocerlo- hay otras arrugas, un cambio de textura en las carnes, otra cicatriz, un nuevo tatuaje, acaso un piercing o una prótesis; pero los huesos que aguantan esa piel siguen siendo los mismos que nos hicieron y siguen haciendo mella en la propia médula.

Les planteo este experimento con estas canciones siamesas de Röyksopp, “Epple” (2002) y “Happy Up Here” (2009). En esencia parecieran ser exactamente la misma pieza –me imagino que alguien que no esté familiarizado con la música de estos tipos podrá pensar que es un mismo track al que le han hecho dos videoclips- ; pero me temo que estos noruegos, cuyos videos no tienen desperdicio –les juro que pocos se pueden jactar de tener una imagen tan creativa y congruente-, utilizan el videoclip como algo que no puede ser separado de su propuesta musical. La música de Röyksopp es siamesa también de su dimensión visual. Ninguna funciona por separado, comparten cerebro o corazón.

Por lo visto el dúo Röyksopp no sólo cambia de piel para recubrirse el alma de siempre, sino que utilizan el video con la misma intención que algunos insectos se valen de su exoesqueleto.


Epple (2002)


Happy Up Here (2009)

miércoles, junio 17, 2009

La esquivez de los pollos


Existía durante mi infancia la abominable costumbre de regalar y rifar pollitos. No sólo los rifaban y los regalaban, sino que antes los pintaban de fucsia, de verde, de magenta. Eran pollos marcianos los que uno se llevaba a casa. Bueno, yo no, los demás, la gente en general. Yo nunca, en la santa vida me pude ganar un pollito. Mientras que había niños que salían de la verbena o con tres o cuatro pollos arcoíris en una caja de zapatos con agujeros a mí no me tocaban jamás.

Siempre que había una rifa de esas “el que pegue un número del 1 al 20 se lleva su pollito”, yo decía “el 8”. Y algo pasa -aconsejen a sus niños, rieguen la voz- pero el 8 es un número que no gana nunca. A ningún payaso ni a ninguna animadora en minifaldita se le ocurre pensar que el 8 es número ganador. Pero yo insistía: “El 8”. Y el que decía 7 ó 5 le sumaba un nuevo miembro al gallinero.

Hasta que de tanto perder pollitos y de tantas rifas que jamás gané me convencí: “Di el 7 esta vez, soberano idiota”. Y justo antes de que llegara mi turno, la niña de la colitas y el vestido azul a mi derecha dijo: “El 7”. Y se llevó el pollo más verde de la historia de la avicultura. Menos mal que corría el mito de que los pollos coloridos no duraban ni 48 horas, que amanecían muertos en su caja de zapatos. Que seguro les daba cáncer instantáneo el baño de colorante. Aunque yo creo que más de una madre, en las sombras de la noche mientras el retoño dormía, le aplicaba el viejo truco de la almohada al polluelo y luego todos simulaban en casa que había sido por muerte natural.

Sí supe de alguien a quien el pollo le creció, se hizo gallina y un día, a la llegada de la escuela, la abuela se lo tenía preparado en sopa y ensalada. Bien hecho, pensé, eso les pasa por robarme todos mis pollos que tanto me merecía.

Gané un concurso una vez. Esta vez no iba de pollos. Iba de acures. Esas ratas peludas a medio camino entre un hámster y un conejo. Soltaban al pobre tipo en medio del césped y éste corría a guarecerse en alguna de las 10 jaulas abiertas que lo cercaban. Cada jaulita tenía un número en el techo. Yo pedí –que además de tonto soy obstinado- el 8. Y el pana, en medio de gritos, mordiscos, patadas y rasguños se metió en la 8. Y yo no cabía de la emoción, yo dije: “me gané ese acure y se llamará Acturo”. Y cuando ya estaba buscando una caja de zapatos lo suficientemente grande como para que me cupiera Acturo, viene la payasita y me dice: “Escoge un premio de los que están en esta bolsa negra”.

Metí la mano con ganas de que cayera una bomba atómica en esa verbena. Me llevé un jarrón espantoso de cerámica verde. No le gustó ni a mi madre.

Lo de los pollos me pasa idéntico con la lotería, con los caballos, con las carreras de galgos o cucarachas, con los sorteos de carros, microondas y televisores pantalla plana, también con la rifa de los boy scouts, de los pintores de boca, la de los cieguitos de no sé dónde y las de toda esa gama de fundaciones benéficas que lo convencen a uno de comprar un par de boletos para apoyar aquella causa o la otra. Me pasa también con los concursos de guiones, de cortos, de novelas, de cuentos: ese pollo siempre se lo lleva otro.

He tenido que aceptarlo: a mí no me tocan y punto. Será que a nadie le gusta el número 8 (excepto a mí), o siempre habrá alguien que brinca y me quita de la punta de la lengua ese 7 hermoso que ya venía paladeando. Estoy destinado a contar el cuento de cómo casi digo el 7 pero en eso alguien más pilas se me adelantó. Me toca decirle a mi Claire, a mis familiares y amigos -que aún tienen el coraje de creer en mí-: “Nada, será que yo no sirvo para esto de los pollos”. A lo que responden: “No importa, tú sigue trabajando, tú insiste”. Así que me toca intentarlo una vez más y otra y otra porque algún día, seguro, que sale mi 8 (coño, y después no me pregunten qué carajos voy a hacer con el bendito pollo de colores).

Recibí una llamada hace pocos días del escritor Sael Ibáñez, de parte del 3° concurso Salvador Garmendia que organiza La Casa de las Letras Andrés Bello. Me dijo que no había ganado, que el premio se lo había llevado Rubi Guerra (un excelente narrador cumanés que se merece con su obra bastantes pollos, de todos los colores y con toda justicia,); pero que mi libro de cuentos “Fragmentario” había ganado una mención publicación. Tan acostumbrado estoy a no ganar que mi primera reacción fue reírme: “Este seguro es Fedosy o el Pollo o La Perra o cualquiera de esos jodedores empedernidos que me gasto de amigos”.

Pero no. Por lo visto no es broma. Así que hay la posibilidad de que nos veamos pronto en el bautizo de ese pollo. De qué color me tocó: ni idea.

jueves, junio 11, 2009

El poder de la guayaba


La caminata desde ese estacionamiento en Bello Monte hasta el estadio era de unos cuarenta minutos a buen paso. Al principio íbamos conversando de cualquier cosa, luego nos tuvimos que callar un rato, ya llegando a Los Chaguaramos, porque la gente que vive a orillas del Guaire y bajo el elevado –consumidores de crack o “pedreros” en su mayoría- tiene su sala, su cuarto, su comedor y su baño allí. Y si hablas o respiras más de lo estrictamente necesario te lo tragas todo.

Había anochecido cuando por fin llegamos a las inmediaciones del Olímpico. La policía trataba de dispersar a una tensa multitud con perdigonazos disparados al aire y bombas lacrimógenas con extra de pimienta. La gente huía entre los buhoneros, los vendedores ambulantes de cervezas, las parrilladas de pinchos (dicen que esa carne es de perro o de gato, puede que de rata también). Toda la multitud se agolpaba en un embudo cruel, miles de personas tenían que entrar una a una por una estrecha manga (similar a esos pasillos de tubos metálicos por los que llevan a las vacas en un matadero). Los de atrás empujaban, los de adelante reculaban (la policía los esperaba adelante blandiendo las peinillas y con las escopetas de perdigones prestas para el ataque). Nosotros en el medio. Nos fueron embutiendo hasta que salimos –sudados, manoseados, amasados- al otro lado de la reja. Mientras que los más impacientes rompían a tirones, puños y patadas las defensas de madera que habían puesto los encargados de la seguridad del estadio. Yo entré por mi cuenta y riesgo. Veinte metros más allá entro él, arrastrado por la masa eufórica.

Qué bien que nos encontramos, ¿no? Qué suerte, eso dijimos.

Entramos a las gradas. Hubo bengalas, papelillos, lanzallamas improvisados con encendedores puestos en la boca de los potes de insecticida (mejor agáchate para que no te chamusquen el pelo). Hubo un gol a favor del que nadie se enteró (era más importante buscar dónde coño se metió el tipo de las cervezas). Hubo otro en contra (tampoco lo vimos, porque se encendió solito el sistema de riego del gramado y entre la lluvia de agua que había abajo en la cancha y la de cerveza que había en las gradas no se veía nada). Cuando por fin pudimos ver de nuevo, ya él no estaba por allí. Se había ido al baño (a uno de los dos bañitos portátiles que habilitaron para los 20 mil que estábamos allí) o a buscarse la cerveza número 15 (porque de verdad dónde coño se mete el tipo de las birras). Hubo empate y frustración. Ah, y muy importante, hubo una pelea colectiva entre la fanaticada. Que no una pelea entre barras rivales, qué va, una pelea interna de nosotros contra nosotros mismos. Los partidarios del Caracas decidimos autocoñasearnos, partirnos la cabeza entre nosotros mismos. Es como la superviviencia darwiniana de las especies pero al revés: vamos mejor a autoaniquilarnos.

Salí del estadio y mi amigo no estaba. Imposible encontrarlo entre ese mar de gente, entre el tropel provocado por la batalla colectiva que se dispersaba y se reagrupaba cada dos minutos o cada quince metros. Cuando uno creía que se había calmado, que la estupidez había dado paso a la razón, de nuevo estallaban con renovados bríos esas ganas incontrolables de autoextinguirnos aquí y ahora.

Caminé a orillas del Guaire, sorteando charcos infestos, por esa zona de fantasmas y de muertos en vida que habitan debajo del elevado. Deambulé por esa ciudad paralela, Crack City, donde los pulmones y los cerebros se llenan a mitades iguales con los efluvios tóxicos del río pestilente y el humo denso del crack.

Y allí, transitando por el purgatorio, aparece mi amigo de la nada y me toca al hombro.

—Epa… ¿qué tal?
—Pana, te perdiste —pregunto, quizás más sorprendido que asustado—. ¿Cómo coño me encontraste?
—Porque me tomé un jugo de guayaba.

domingo, mayo 31, 2009

Doña Paranoia


La señora tiene dos perras labradoras, una negra y la otra rubia. La negra es de las que puede buscar el palito que le lanzan doscientas veces seguidas sin perder jamás la sonrisa ni la cara de absoluta felicidad. La rubia, en cambio, prefiere retozar entre las hojas secas y las bolsas negras de basura. Se arroja allí, da vueltas sobre su propio eje y goza un montón independientemente de lo que piense y grite su dueña. Uno pasa por allí y levanta la mano a manera de saludo y contestan las tres con idéntica cara, y diez pasos más tarde uno sigue preguntándose quién será que imita a quién. Me caen bien las tres. O me caían.

Hace pocos días me disponía a subir temprano por mi habitual senderito que se abre entre la maleza, un trayecto de una hora en el que si acaso me cruzo con tres ciclistas montañeros y un par de atletas que trotan aquella loma con la tranquilidad de quien se amarra las trenzas; en eso me interceptan las dos labradoras con la señora un poco más atrás que hace ejercicios de estiramiento al pie del cerro. La doña me hace gesto de que me quite los audífonos, que algo grave pasa.

— ¿Tú vas a subir esa montaña?
—…sí…
—Es que allí en el kiosquito hay alguien que tose.

Miro hacia donde señala la señora y lo que veo es una rampa de madera que han construido los ciclistas para hacer sus piruetas y cuyas bases están fijadas con unos sacos de arena.

—Míralo ahí, acostado en el kiosco —insiste la señora—. Y lo que hace es toser. Tose y tose. Yo tengo una hora oyéndolo.
—Señora, pero yo lo que veo son sacos de tierra debajo de la rampa para ciclistas.
—Pero tiene que ser un loco; porque quién se acuesta a dormir así en el monte, con este frío y mucho peor si está enfermo.

Los venezolanos podemos dar fe de que la única semilla que da cosecha instantánea es la paranoia.

Yo ya estaba comenzando a ver los sacos moverse y toser cuando en eso desde la montaña, moliendo piedritas y cortando a su paso la maleza, surge un ciclista con su casco a toda velocidad. La doña de un salto se ha puesto en su camino con los brazos abiertos y empezó a gritar.

—¡Tú estabas tosiendo! ¿Eras tú el que estabas tosiendo, verdad?
—¿Que yo estaba qué..?— dice el hombre sobre el sillín de la bici pero con la misma cara que tengo yo en tierra.
—Tosiendo, tú eres el que andas con una tosedera allá arriba desde hace una hora.
—No, señora, yo no tosía… y allí arriba no hay nadie. Yo vengo de allá.
—Pero y entonces ¿quién tosía?— lo regaña la doña mientras el tipo le da fuerte a los pedales y se pierde camino abajo haciendo el típico gesto de “vieja loca” con la cabeza—. Dime quién tosía, ¿Ah? ¿Quién era el que tosía?

Pero ya era tarde, no hubo respuesta. Yo tampoco la tenía.

—Mira las perras lo nerviosas que están —me hace ver la doñita— Ésta no hace nada (señalando a la negrita) pero esta otra (dedo índice apuntando a la catira) está a punto de lanzarse a morder porque es súper agresiva.

Y yo pensé: nos jodimos, adivinen quién es el pendejo a quien va a morder la rubia. Pero antes de que eso ocurriera (que seguro faltaba muy poco) decidí seguir el ejemplo que el ciclista dio. Me puse los audífonos, le subí mucho el volumen y me lancé a subir mi montaña. “¡Cuidado puede ser peligroso, seguro que ese indigente es peligroso!” sonaba la voz de la doña por debajo de Radiohead. Pero no me importó.

Claro, me pasé todo el bendito ascenso en un verdadero descenso a los infiernos. Cada raíz que se asomaba era un brazo que me quería agarrar un pie, cada pájaro que se movía entre las ramas era un loco que me saltaba encima para arrancarme la cabeza. Me pasé más de mil pasos buscando un palo, una piedra, algo con qué defenderme del abominable hombre de las toses. Hasta que me olvidé media hora más tarde. Me olvidé por completo, primero porque desde arriba se ve el Planetario del Parque del Este y esa es una de las imágenes más hermosas de esta ciudad. Estoy seguro que el día en que nos invadan los marcianos en Caracas la resistencia se va a refugiar en el Planetario y desde allí, unidos todos otra vez, los mandaremos a casa. Me olvidé también porque más adelante pasó un pájaro muy raro, a medio camino entre una paraulata, un gavilán y una guacharaca, y el biólogo infantil que llevo por dentro no puede ver a un animal curioso –siempre y cuando no sea humano- porque necesita acercarse para verlo mejor. Finalmente me olvidé porque recordé que mi padre siempre decía que en su Guanare natal todo eran espantos y aparecidos hasta que llegó la luz eléctrica. Cuando el pueblo se llenó de cableado y bombillos la gente fue descubriendo que más la mitad de muertos sin cabeza que les susurraban los nombres en mitad de la noche eran ramas de limoneros que el viento hacía rozar contra las paredes.

Si bien es cierto -cosa que aplica a vivos y muertos- que de que vuelan, vuelan; tampoco es menos cierto que a cada uno de nosotros se nos ha olvidado un poco encender la luz interior antes de pegar el grito.

Así que venía yo pensando en lo bien que le va al bosque la música de Radiohead, en que la próxima vez seguro voy a ser biólogo, en los marcianos a los que les echamos al espacio desde el Planetario del Parque del Este, en el Guanare antes de la luz eléctrica y en eso me salta enfrente un policía, lleno de barro, cubierto de hojas y trocitos de mata, con el casco mal puesto sobre la cabeza, la cara forrada con una película de sudor resplandeciente y su pistola desenfundada apuntando al aire.

—Disculpe, suidadano… ¿Jefe, usted vio allí arriba alguna novedad? — me dijo en perfecta jerga policial.
—Coño, no, yo no vi un coño— respondí en perfecto caraqueño chorreado, con la vista clavada en el arma al sol.
—Pero es que supuestamente aquí hay alguien que tose —dice el policía acomodándose el casco y enfundando.
—Pues yo tengo una hora caminando aquí y no he visto ni oído nada.

Ponemos la misma cara de “pero qué vieja tan loca, ¿no?” y seguimos bajando en silencio. Una vez subido a su moto el policía llama por radio a la central y dice que aquí se reporta 67 para informar que el 43 que se sospechaba en la zona 12 resultó sin novedad y que regresa en 6. Enciende el motor y arranca como quien se dispone a salvar al mundo de los malos.

Yo me calzo los audífonos para oír otra vez mi favorita del Kid A. Y, antes de que cante con su voz de felino lastimero Thom Yorke, un sonido se cuela a mis espaldas. Una tos.

Pobres ciclistas.

miércoles, mayo 20, 2009

Permiso, me voy a Islandia


Seguro que en Islandia se habla mucho menos. Que la verborrea es sinónimo del mal gusto, de mala educación y de abuso al prójimo. Que cuando los niños crecen les enseñan a leer en silencio, a decir lo estrictamente necesario en esa lengua de elfos y escarcha, pero sobre todo aprenden a sacarle música a cosas que construyen con sus propias manos. Seguro que si algo se puede expresar con música lo prefieren para así no arruinarlo con palabras.

Seguro que durante el otoño y el invierno hace tanto pero tanto frío que la familia en pleno se encierra en casa durante meses. Papá come dados de pescado cocido con sal, bebe copas cortas -y de un solo sorbo- de un aguardiente que sabe a llantos de foca y tamborilea sobre el apoyabrazos del sofá el ritmo de una canción que le enseñaron sus abuelos. Mamá, por allí cerca, se balancea sobre la mecedora que cruje, teje suéteres de rombitos coloridos y murmura canciones de una tristeza insondable. Los niños en el garaje juegan con las herramientas prohibidas, mueven con sigilo los trastes, juntan tornillos oxidados, trozos de hojalata, dos baterías con media carga, algunos cables y cantidad de pedazos entrañables que ya no se sabe de qué son ni cómo llegaron allí. Están armando un robot. El perro los mira jugar, se roza intranquilo contra todo, frota a su paso paredes, ropas y suelos con la cola, se asoma a dos patas por la ventana y le aúlla a la luna que siempre está.

Y cuando llega por fin la primavera y se digna a asomarse el sol luego de tantos meses, la familia se pone los suéteres tejidos y sale a pasear, se buscan un trozo de césped -preferiblemente uno entre los géiseres con vista a las lomas nevadas o a los fiordos- y se lanzan allí a tocar. Tocan exactamente eso que sin darse cuenta han estado componiendo entre todos durante el frío. Una suma armoniosa del tamborileo sobre el apoyabrazos, la mecedora que cruje, los murmullos de la madre, el juego de los niños, el robot hecho de trastes, la cola del perro y la noche con luna. El robot es buen músico, y del perro ni se diga.

Me temo que yo, al igual que el poeta Montejo, nunca iré a Islandia. Creo, incluso, que prefiero no llegar a ir. Seguro que no es para nada lo que aquí imagino. Pero no me hace falta conocer Islandia, ya he estado allí mil veces y vuelvo con frecuencia. Me basta con anclarme bien los audífonos, subir el volumen y arrancar a caminar.

Con permiso, señores, no me gusta esta realidad, cualquier cosa estaré en Islandia.



Sin Fang Bous, otro mago islandés.

jueves, mayo 14, 2009

Matar a un tucán


A esa vecina la llamaban Tita. Preparaba unas empanadas de cazón que yo no podía parar de comer, me metía tantas como mis años de edad y hasta me pasaba por dos o tres. Yo me gastaba las tardes enteras pateando la pelota contra la pared que separaba nuestro jardín del de Tita y utilizando los rebotes como centros para meterle unos goles de lujo al guayabo, que era el arquero; se los metía de bolea, de taco, de chilena, pero de túnel no -porque el guayabo cerraba bien las piernas, igual que los cabezazos que me los paraba con sus ramas bien abiertas para taparme los ángulos-.

Y yo no sé cómo pero siempre, absolutamente siempre, en lo más emocionante de esos mundiales solitarios de fútbol que me montaba yo solito contra mí mismo y donde yo representaba a todos los países y a todos los jugadores (menos al de portero, que siempre era neutral y siempre era el guayabo), había un punto en el que me emocionaba más de la cuenta, le daba un patadón hermoso al balón para que se me devolviera en un centro prodigioso pero en vez de chocar contra la pared la pelota se me iba un metro por encima y le caía en el jardín a Tita.

Al principio, las primeras veinte veces, daba la vuelta respetuosamente por la vía oficial y le tocaba la puerta a la vecina: “Hola, Tita, perdone pero es que se me cayó la pelota en su jardín ¿puedo pasar a buscarla?”. Pero el día veintiuno Tita no estaba y yo tenía la pelota presa en su jardín y todas las demás pelotas estaban pinchadas y todavía quedaba sol como para dos horas de torneo y si me ponía a esperarla seguro que llegaba la noche y la final de Argentina contra Brasil quedaba inconclusa y eso no lo podíamos permitir ninguno de los presentes. Así que me subí a las ramas del guayabo, brinqué al cerro, me trepé a la reja que separaba nuestra casa de la de Tita, me subí a su mata de mangos, le caminé sobre el techo de zinc a su gallinero y con el corazón latiéndome en la sienes me lancé desde tres metros de altura –corrientazo en la planta de los pies de por medio- sobre mi pelota que parecía un huevo blanquinegro de avestruz sobre el césped crecido. De esa forma rescaté mi pelota y salvé la final del mundial.

Y lo mismo hice al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Y ya más nunca le pedí permiso a nadie para buscar mi pelota en los jardines del vecino. Mi mundial particular era autónomo y autosustentable. Hasta que un buen día cuando llegué al jardín de Tita tras mi balón pródigo, en plenas semifinales Alemania contra Italia (era prórroga y ganaba la azzurri 4 a 3), me encontré allí algo más fascinante que la pelota de fútbol. Bueno, casi más fascinante, que mejor que el fútbol no es nada, pero esto casi lo era: un tucán.

Un tucán, loco, en una jaula de madera, con el pico enorme y de colores y el cuerpo forrado de plumas de un negro azulado y los ojos como dos metras pardas. Y el tipo se movía nervioso, se ponía de perfil para verme, porque de frente no pueden, y yo lo miraba a él, y mientras reptaba para rescatar mi pelota no le quitaba el ojo de encima y pensaba: “cómo es que se llama este pájaro, dios mío, para contarle a las muchachas, que me suena guacamaya pero guacamaya no es”.

Y cuando volví les conté pero no me creyeron, o quizás sí pero no les interesó porque estaban viendo La novicia rebelde por cuadragésima vez y a mí esa película siempre me ha dado caspa hasta en las fosas nasales.

Al día siguiente, apenas me quité el uniforme del colegio, pateé durísimo la pelota con toda la intención del mundo de suspender la Copa Mundial, me subí al guayabo, brinqué al cerro, de allí a la reja, al gallinero y -una vez superado el corrientaza en la planta de los pies- me le acerqué al tucán para detallarlo pluma a pluma, centímetro a centímetro de aquel pico majestuoso, como con ganas de aprendérmelo de memoria.

Ritual que repetí a la tarde siguiente. Y la otra, y la de más allá, hasta que ni siquiera me hizo falta ya la excusa de la pelota. Me colaba en el jardín de Tita a ver el tucán y punto.

Estuve haciendo eso hasta que llegó el día del helado. Esa tarde me compré un sorbete que se llamaba Morocho porque tenía dos paletas unidas, eran como dos heladitos flacos pegados de costado, unos siameses con sabor a uva. Y me lo metí con envoltorio y todo entre los dientes, como cualquier cazador hace con su cuchillo, hice el itinerario del guayabo al cerro y a la mata de mango y al gallinero y al tucán, y me instalé en el jardín de Tita, como quien mira la tele, a comerme mi sorbete frente al pajarraco. Y entonces me dio lástima, yo comiéndome aquel helado que rendía para dos buenos amigos, y aquel tipo con esos ojazos poniéndose de lado para mirar bien cómo me lo comía, y abriendo el pico contra la reja como para que le dejara probar y le dije: “bueno está bien, cómete un poquito”. Metí el helado por entre los barrotes y el tucán comió un trocito. Y le encantó. Te juro que el tipo casi baila, se puso contentísimo, agitó las alas y me miró como quien suplica: “qué rico, dame más”.

Partí el morocho por la mitad, me quedé con la mía en la mano izquierda y con la derecha le metí, de ladito, de nuevo entre los barrotes, la suya al tucán. Y el tipo ha abierto su pico monumental y se ha comido de un solo picotazo el helado entero. Es decir, aquel tropical pájaro amazónico se había metido quince centímetros de sorbete de uva, cosa suficiente como para enfriarle el gaznate a un pingüino. Y, obviamente, apenas se tragó aquello (con paleta de madera incluida) el tipo comenzó a temblar. Se espelucó. Se le brotaron los ojos y un hormigueo antártico le puso de punta todas las plumas del cuerpo.

Y yo pensé: coño, cuando se enteren en esta casa y en la de los vecinos (es decir, la mía) que le maté de congelamiento al tucán a la doña.

Huí de la escena del crimen. “Lo lamento, hermano, pero sálvate tú que ahora necesito salvarme yo”. Corrí por mi vida. Salté gallineros, trepé matas de mango y rejas, me lancé sobre el guayabo fiel que me atrapó en el aire, una vez en tierra firme atravesé como un cohete el jardín de casa. Lancé por la poceta los vestigios del morocho que me incriminaba (todavía cargaba encima el papel y la otra paleta que no se tragó el tucán), guardé la pelota en mi cuarto y me senté, con la lengua afuera, a ver con mis hermanas La novicia rebelde.

Sólo el horror abominable de La novicia rebelde podía hacerme olvidar, al menos un poco, mi condición recién adquirida de asesino de tucanes.

lunes, mayo 04, 2009

Como zamuros


Me declaro amigo de zamuros. De esos tipos alados y negros de cabeza gris que siempre andan por allí y uno ni los siente. La gente me suele ver mal -o con franca tristeza- cuando lo digo en voz alta. Se supone que a alguien en sus cabales no le puede gustar un zamuro. Son demasiado feos, demasiado anodinos, hay demasiados en general. Pero a mí me gustan esos buitres pequeños, me gusta verlos planear, se me han hecho parte fundamental del paisaje. No me gustan los cielos sin zamuros, les falta algo. Creo que gracia, incluso diría que vida.

Sé, porque mi padre me lo dijo siendo niño, que a los zamuros se les conoce como Zopilotes en México, como Gallinazos en Argentina y como Urubúes en Brasil. Ningún nombre me gusta más ni me parece tan sabroso o pertinente como Zamuro. Cierta vez bajaron cinco de ellos al jardín trasero de nuestra casa. Algo se había muerto y los buenos carroñeros se estaban agrupando para darse banquete. Papá y yo nos escondimos detrás de un guayabo para verlos de cerca. Y entonces, yo no sé de dónde, al viejo le salió algo que seguro hacía a los siete años en su Guanare natal y me dijo: “Mira esto, chamo”, brincó desde el escondite e hizo el ademán de quien recoge una piedra para lanzársela a los zamuros. Y aunque no había piedra alguna ni mi padre tenía dotes de pitcher, los negritos batieron alas y alzaron vuelo. Fue hermosa la desbandada, pero duró quince segundos. A los treinta ya no había ni un miserable zamuro almorzando en el jardín. Yo me pasé varios días escondido tras el guayabo esperando que los zamuros volvieran pero no regresaron y yo me pasé dos días sin hablarle a papá. Creo que fue mi récord en la materia, porque pasarse seis horas con el viejo al lado sin sucumbir a sus historias prodigiosas era algo que muy pocos lograron superar.

Siempre me ha dado curiosidad saber dónde anidan los zamuros, porque los hay por millares, los ves en basureros, en avenidas, sobrevolando las autopistas, parados en las azoteas o como gigantescos frutos negros charlando en las copas de los árboles. Lo de charlar no es una metáfora, pónganse a ver a dos zamuros juntos y notarán que conversan. Pero no conozco a nadie que haya visto un huevo de zamuro o a un pichón de buitre negro (aunque dicen que los hijos de los zamuros nacen blancos). Quién sabe.

Los zamuros son omnipresentes en esta ciudad. Están siempre allí, mirando todo en silencio desde las alturas. Dicen que alcanzan hasta los tres mil metros de vuelo –algunos han sido considerados personas non gratas porque se meten en las cabinas o en las turbinas de las aviones- o también puede ocurrírseles despeinarte, a escasos cuatro palmos de la cabeza, sin que los sientas venir. Simplemente se te tapa el sol, la vida se te hace más sombreada durante un par de segundos y cuando levantas la mirada ya el tipo aletea quince metros más allá.

Algunos utilizan pepas de zamuro para la suerte, o para hacerse collares que ya envidiaría una cantante de rock gótico, aunque casi nadie sabe de dónde se le saca las pepas al zamuro (y de verdad no me saquen de la duda que prefiero no saber, me mataría de pena enterarme de que es la nuez de Adán de esas pobres criaturas o algo peor). Y se dice, cuando alguien está a colgando de un hilo, a punto de caer, que está en pico de zamuro. Pero nada de eso me llama tanto la atención como ese dicho de “zamuro come bailando”. Porque es cierto, los zamuros comen en grupos y bailan, igual que los venezolanos cuando nos dan un cachito y un cuartico de jugo frente a la barra de una panadería. Bailamos, no sé por qué, pero bailamos mientras hincamos el diente.
Tampoco sé a quién se le habrá ocurrido decretar que el pájaro nacional es un turpial (debe ser al mismo que se le antojó que el árbol nacional fuese un Araguaney cuando mucho más atinado era un Samán, un Apamate, un Cují, una mata de mango o de mamón). No tengo nada en contra de los turpiales, bonitos son (como las misses), pero definitivamente este es un país de zamuros. Y yo me siento uno.

No sé porqué a ningún cineasta venezolano se le ha ocurrido hacer una película sobre la historia contemporánea de este país desde la perspectiva de un zamuro. Colgarles microcáramas del vientre y dejar que ellos -testigos de excepción de los profano y lo divino que se da cita en este desmadre- nos echen el cuento. Seguro que lo cuentan mejor que nosotros. Sería una película de altura, con mucho vuelo.

Ayer miraba llover desde el balcón, esa lluvia a cántaro roto que se precipita aquí y que arruga el alma. Sobre las ramas de un Yagrumo, justo enfrente, se acompañaban dos zamuros. No se veía ningún otro pájaro en kilómetros a la redonda. Ni un solo azulejo, ni un mísero cristofué, nada de tordos, loros, cucaracheros ni palomas. Sólo los dos zamuros campeando el temporal. Como dos compadres enfundados en ponchos negros calándose el palo de agua. Y estoy seguro, lo puedo jurar, que uno miró al otro y le dijo: “¿Y entonces, qué hacemos?”. Y el otro le respondió con la vista clavada al frente y encogiéndose de hombros: “Pues nada, esperar a que escampe”.

Esperar a que escampe, como tantos venezolanos más. A que este torrencial diluvio de inmundicia e idiotez cese de una buena vez.

viernes, abril 24, 2009

Esqueleto


Sergeant John C. Williams, decía la plaquita metálica que tenía incrustada en la parte interna de la cadera ese esqueleto. Y uno llegaba a esa biblioteca del papá del Notas, donde el Sargento Williams estaba colgado en su rincón de honor, y saludaba al papá del Notas y también, así con un movimiento de cabeza, al esqueleto: “Qué más, panita, todo bien por allí”. Y cuando el Dr. Notas no estaba uno le daba la mano, chocaba los cinco, le daba un beso en la frente o le hacía cosquillas. Pero te juro que había veces que uno entraba allí y estaba el papá del Notas tomándose un roncito o un té, mirando con una nostalgia abismal a su esqueleto, y sentías que estabas interrumpiendo una conversación, que acababas de irrumpir en la silenciosa charla de dos hermanos de esos que no necesitan decir palabra para entenderse hasta los huesos –literalmente hasta los huesos-.

El cuento que echaba el Notas era que su papá, antes de nacer él, se había hecho cirujano en una universidad gringa y que se había graduado con honores allí. El mejor de toda la promoción y el de más alto promedio en no sé cuántas décadas. Entonces el Dr. Notas cuando se fue a graduar pidió una cita con el Decano para rogarle le fuera cedido el esqueleto de aquel cadáver sobre el que había hecho todas sus prácticas médicas. Porque durante años el Dr. Notas le estuvo haciendo cirugías de corazón abierto, implantes de riñón, operación de vesícula, correcciones de desvío de tabique, extirpación de amígdalas -y yo creo que hasta cambio de sexo- al Sargento Williams. Y luego de tantos años metiéndole mano, sudándose la carrera y sacándole el jugo al mismo cadáver, pues claro, uno se encariña y se lo quiere llevar a su casa. Y sí, el Decano aceptó, y por eso John C. Williams ahora habitaba una biblioteca en Cumbres de Curumo.

Entonces nosotros nos dábamos cita una noche a la semana en esa misma biblioteca para jugar a la Ouija e invocar la presencia del Sargento Pimienta, y le pedíamos que por favor que se manifestara, que hiciera algo, que moviera un dedo, que dijera que sí, que nos explicara cómo lo habían matado en la guerra, que aprovechara para mandarle un saludo de ultratumba a la familia. Pero nada. El tipo duro. Ni pío. Y entonces alguien decía: “Bien hecho que te mataron, coño e’ tu madre”, “Es que no servías, pajúo, ni pa’ jugar a la Ouija”. Y al rato ya nos habíamos olvidado del sargentucho, mezquino e incompetente ése, y andábamos invocándole el espíritu a la abuelita del Kilo, a un tío del Palillo o al labrador del Pollo. Y ahí sí que el anillo se movía, se deslizaba entre las letras: “Soy la abuela del Kilo, me morí de cáncer a los 80” decía, y Kilo murmuraba “Qué raro, si mi abuela se mató cayéndose de una escalera a los 65”. “Bueno, pero a lo mejor cuando se cayó ya tenía cáncer, güevón”. “Ah, pues entonces quizás sí”.

Y hubo una vez, después de hacer la ronda por todos los difuntos conocidos, de una vez más (y de nuevo) invitar al Sargento Pimiento a que por fin se manifestara -y una vez más y de nuevo nos ignorara-, el Pollo, que era el más cagón siempre, comenzó a ponerse pálido y a hablar con la voz ronca y a decir que algo le estaba pasando, que lo estaba poseyendo un espíritu, se le bajó la tensión, dijo algo en algo que juramos era arameo y se desplomó. Y lo tuvimos que acostar con los pies alzados, le buscamos agua con azúcar, le pusimos toallitas húmedas en la frente, le preguntábamos cómo se llamaba y dónde vivía, cosas para traerlo a tierra, pero el tipo nada. Entonces nos rifamos la perla de quién se lo llevaba a su casa, porque nadie quería, le teníamos miedo básicamente a dos cosas: a explicarle a la señora Polla que su hijo estaba poseído pero que seguro si dormía y vomitaba se le pasaba la vaina al día siguiente, que a lo mejor fueron unas salchichas que se comió y le cayeron mal; y lo otro a lo que le teníamos pánico era a llevarse de copiloto a ese loco con el espíritu burlón dentro a ver si a uno se le quedaba el fantasma a vivir en el carro. Pero el Pollo se recobró a las dos horas, volvió a su típico tono amarillo número cinco, se le quitó lo blanco y lo ronco y preguntó si no quedaban más salchichas. Así que dimos por terminada la sesión espiritista. No jugaríamos más. Hasta el viernes que viene.

Esa semana el tema de conversación giró en torno a un sostenido interrogatorio al Pollo de por dónde le había entrado el espíritu burlón y si había sido cariñoso o más bien bruto. Llegó la noche del viernes y cuando entramos a la biblioteca del Doctor Notas vimos que el Notas había preparado una sesión especial con velas, luces apagadas y trapos oscuros sellando las ventanas. El tablero de la Ouija estaba ya dispuesto en el centro de la alfombra, quien iba llegando se iba acomodando en silencio y con cara de hoy sí que vamos en serio. Entonces comenzamos con el ritual de siempre “Sargento John C. Williams, manifiéstese”, “Williams, por favor, mueva algo para saber que contamos con su presencia”. Y el Notas cada dos minutos decía: “Vamos a concentrarnos en serio, por favor, vamos a echarle más bolas”. Y la gente fruncía el ceño y sudaba y le temblaban las carnes y apretaban las mandíbulas. “Sargento John C. Williams, ¿estás aquí entre nosotros?”. Y uno tenía un ojo clavado en el tablero y el otro en el esqueleto. “Por favor, si estás aquí haz algo en este momento”…. Coño. panita, y el tipo se ha volteado.

Giró la quijada y nos clavó los ojos que no tenía.

Yo no sé a quién le pise la cabeza, pero te lo juro que volé por encima de todas. Aquello era un aluvión de codazos, patadas, todo se volvió un grito, un espeluzne y una fuga. La gente salía como ratas por las ventanas y puertas hacia el pato interno, se lanzaban de cabeza contra las macetas, gritaban como si los estuvieran quemando vivos. Y entonces aparecieron los papás del Notas, en bata, con la arruga de la sábana en los cachetes, con el pelo aplastado como cascos. El casco de los malos en una película barata de ciencia ficción. Ni siquiera el de los malos protagonistas, sino el de los malos del montón. Y además el Dr. Notas traía un rodillo. Un rodillo, chamo, una vaina que no sirve ni para ahuyentar a un vivo, cómo coño vas a encarar con eso a un muerto. Pero el tipo era un valiente y se lanzó biblioteca adentro a domesticar a su esqueleto.

Nosotros nos quedamos a buen resguardo, detrás de los muebles, debajo de la mesa, con un pie dentro del ascensor o detrás de la bata de la Señora Notas; hasta que oímos una voz terrorífica que venía de dentro de la biblioteca, un gruñido distorsionado por la furia: “Miren, grandísimos coños de su madre, quién le hizo esto a mi esqueleto”.

Y nos fuimos hasta allá, de puntillas, gateando, asomando sólo la punta del pelo y entonces vimos que el Dr. Notas estaba parado al lado del Sargento Pimienta sosteniendo en la palma de la mano un hilo que colgaba de la quijada a la calavera. El cabrón del Notas le había amarrado un nylon en la barbilla a John Williams antes de que llegáramos y cuando estábamos en el momento de máxima tensión simplemente haló.

No hay mejor risa que la que ataca cuando uno sabe que no se puede ni de vaina reír. Nos dio un ataque incontrolable de risa, risa de esa que te arranca lágrimas, te duele en el estómago y te tumba al suelo como si te hubieran borrado las piernas. Una carcajada prodigiosa potenciada por el hecho de que al Dr. Notas no le daba risa un carajo. A su esposa -en cambio- sí.

Fuimos echados a la calle a mitad de la madrugada y sin derecho a retorno. Te juro que aquel ascensor temblaba en su descenso, vibraba todavía de risa. A pesar de intuir que más nunca pondríamos de nuevo un pie en esa biblioteca. Y que nos íbamos a ir toditos a la tumba sin saber jamás cómo carajos se había muerto el Sargento John Williams.

martes, abril 14, 2009

De Duendes, Nigeria y 4 gatos en París

Un benefactor de la humanidad llamado Vincent Moon ha creado un concepto al que denominó Take Away Shows (Conciertos para llevar) y sobre ese principio ha construido un blog imperdible llamado La Blogotheque. No sé cómo se las arreglan Moon y compañía, pero el hecho es que todas las semanas invitan a un artista para que toque un par de temas en un concierto improvisado y callejero, en un bar, una plaza, un cruce de peatones, una fuente o donde se pueda. El miniconcierto es filmado con equipo básico: un director/productor, un camarógrafo, un sonidista. Y luego esa gemas, mínimamente editadas, son colgadas para que gratuitamente uno se asome a ese concierto que de otra manera no seríamos capaces de ver jamás.

Dentro de las joyas extrañas que florecen en este jardincito tan peculiar del Monsieur “Vicente Luna” hay una que me llama poderosamente la atención: Bloc Party en las afueras de un bar parisino. Para hacerles corto el cuento la historia va más o menos así: el líder de los Bloc Party es un muchacho de Liverpool hijo de inmigrantes nigerianos, se llama Kelechukwu Rowland Okereke, aunque por razones obvias le llaman Kele, a secas. Okereke es un cantante prodigioso y sus letras son de una poesía honesta y oscura. Sin embargo, parece que el tipo es de una timidez crónica, casi no habla y suele mirar al suelo; cuando se sube a un escenario se transforma y se comporta como cualquier rockstar, pero de resto es de esos sujetos que viven y miran mucho más hacia dentro que hacia fuera. Cuando Vincent Moon lo va a buscar para hacer el conciertito para llevar, Kele estaba concentrado en su cerveza y anclado en el margen de seguridad que le daban sus compañeros de grupo. Costó media hora convencerlo para que saliera a la calle y luego otro tanto para que decidiera qué era lo que iban a tocar. Finalmente, con un grupete de 30 afortunados transeúntes, parados en medio del frío, Kele y su guitarrista se deciden a tocar This Modern Love.

Y entonces, diría Lorca, ocurre ese milagro cuando el Duende se precipita sobre el artista. El hombre cae en una especie de trance y progresivamente va tejiendo una red de complicidad e intimidad con los cuatro gatos que lo acompañan. Creo que el sueño de todo artista, sea que haga músicas, cuentos, poemas, esculturas, cuadros o edificios, está en encontrar por un instante de su vida a ese interlocutor con el que logra edificar un puente tan sutil como irrompible. Algunos tiene la dicha de conseguir millares de interlocutores, para otros hay 4 fabulosos gatos. Basta y sobra.

Más allá de que a uno le guste o no la música de Bloc Party hay algo que se detona en esos cortos minutos que parece estar cargado de sentimiento y que huele a verdad. Ocurre entonces que la cámara gira sobre su eje, salimos de la cara de ese duende negro y nos paseamos por los rostros de quienes se han desviado en su marcha nocturna para escucharlo cantar. No sé qué otro término encajaría para describirlo, a mí se me ocurre que magia. Sí, magia no está nada mal.

viernes, abril 03, 2009

Así van las cosas

Querido lector,
Esta vez te pido te tomes cuatro minutos y medio de tu tiempo. Mira este fragmento de Der Lauf Der Dinge (The Way Things Go, 1987), de los suizos Peter Fischli y David Weiss. Serán, eso sí te advierto, cerca de cinco minutos muy peculiares. Si luego de ellos te quedan ganas de seguir, pues seguimos.



La película entera The Way Things Go dura casi media hora. Veintisiete intensos minutos de esa máquina del perpetuo movimiento donde todo está permanentemente a punto de fallar, y sin embargo un milagro de último segundo siempre sobreviene. Como si sólo por un accidente sublime ocurriera el pequeño detalle que permite que el experimento pueda continuar. Cometeré una aberración deleznable que siempre he criticado, les contaré el final de la película: todo este largo experimento de centenares de metros de instalación, todas estas reacciones químicas, estos cauchos rodantes, estas breves explosiones, todo este montaje de trampa a lo Tom y Jerry hecho con materiales de desecho, no llevan a absolutamente nada. No ocurre un disparo, no se lanza un cohete, no se prende un bombillo, no calienta el agua para el té ni le hace un ecosonograma a un feto. Nada.

Y mis pobres alumnos, a quienes someto a la tortura el primer día de clases, con el transcurrir de los minutos se van tomando los pelos entre las manos, se clavan las uñas, se retuercen en sus asientos, algunos se duermen, la mayoría se desespera y todos sin excepción se obstinan. Al final, cuando todo aquello termina sin llegar a ninguna parte, se escucha siempre un quejido colectivo trucado en rumor y suspiro. Me imagino que algunos habrán acariciado la idea de construir una máquina similar pero con trocitos míos. Sería una máquina espantosa, aunque viéndole el lado bueno –dado mi tamaño- la película no duraría más de 3 minutos.

Confesaré que me gusta excepcionalmente esta película, forma parte de mi más íntimo canon personal. Me gusta cuando, a veces, el cine se da el lujo de comportarse como la pintura o como la música; que no amerite una explicación o una comprensión. Que simplemente guste o conmueva por algo que no se puede explicar ni verbalizar. Que no entiendas nada y sin embargo te rindas. Nadie le pide a un cuadro de Pollock que signifique, ni nadie puede decir que entiende una pieza de John Coltrane. Cuando se construyeron los autómatas, en aquellos hermosos tiempos en que las máquinas no tenían que servir necesariamente para algo, aquello no eran obras de ingeniería sino de magia. El cine también nació como un artefacto humilde, hediondo a bajos fondos, mucho más cercano al acto fugaz de magia que al arte. Era una cosa para que la gente se riera, aplaudiera, soñara un ratito y se tomara otra copa. Era un aparato más, como los autómatas, donde la ciencia se ponía al servicio de la fantasía.

A veces el cine se acuerda de eso. La mayoría de las veces los cineastas lo han olvidado. Es mucho más seguro y exitoso refugiarse en la tranquilidad de los géneros, en la fórmula segura cuya receta es fácil de preparar y más fácil de digerir. Y cuando eventualmente algún par de locos, como Fischli y Weiss, se acuerdan de que el cine también es un aparato intrincadísimo e inutilísimo para hacer travesuras entrañables que no llevan a ninguna parte; la gente suele decir: “eso, además de malo, no es cine”. Así estamos, así van las cosas. El mundo está codificado y tiene un fin utilitario. Así que a esto se le puede llamar instalación, o se le dice videoarte, se le llama audiovisual experimental; pero derecho a llamarse cine no tiene. Me imagino que lo mismo aplica a quienes no escriben Literatura como se supone deben escribir los Escritores. Y entonces Messi juega otra cosa que no es fútbol; porque es demasiado distinto a lo que hace y parece un futbolista.

Estoy profundamente agradecido a estos dos suizos por esta obra incómoda, curiosa, absurda, fascinante. Les debo mucho a Fischli y Weiss por esta cosa tan inexplicable que, precisamente por eso, me ha ayudado a darle un poco de sentido a tantísimas cosas.

domingo, marzo 22, 2009

Filosofía de carnicería


Alberto sostiene que las mejores tortillas mexicanas que se consiguen en Caracas sólo se pueden comprar por medio de una operación intrincadísima donde uno siente que lo que está comprando es coca en vez de maíz. Que las vende un solo señor, en el barrio de Artigas, el nombre no se puede decir y el teléfono es complicado obtenerlo –es sólo para algunos elegidos- y que la cita es en el estacionamiento del KFC de Artigas. Te lleva el encargo en una bolsa oscura, tú sueltas el dinero y ya está. No se puede hablar ni distraerse mucho, porque los empleados y vigilantes del KFC tienen órdenes de ahuyentar a cualquiera que no traiga verdaderas intenciones de jartarse de pollo frito.

Había quedado Alberto a las 10.30 de la mañana con el mexicano de las tortillas. Poco antes de llegar Alberto lo llama al celular secreto: estoy llegando a buscar mi encargo. Lo siento no está listo. ¿Y entonces cómo hacemos? Dame una hora, en una hora lo tienes en el estacionamiento del KFC.

Alberto se pregunta: y ahora qué hago durante una hora, Artigas no es un barrio del todo seguro, pero meterse un desayuno del KFC puede ser aún más peligroso. Recuerda entonces que hay una carnicería por allí cerca donde acostumbraba a comprar la carne con sus padres cuando era niño y vivían por la zona. Mejor compra la carne para rellenar los tacos de una vez y así hace tiempo de una manera eficaz. Se enfila hacia allá.

El lomito tiene buena pinta, la gente habla de política, bromean con los carniceros, aseguran que hoy van a comprar toda la carne que haya porque luego de las nuevas medidas económicas que anunciará el Presidente esta tarde no se va a poder comer carne más nunca en este país. Alberto está perdido en el lomito, midiendo el tamaño del mundo, de la carnicería y el suyo propio luego de 50 años sin pisar el lugar. La gente al verlo tan serio y tan callado le pregunta si es chavista. Alberto sonríe, hace memoria y responde: “Aquí el lomito es bueno”.

Encara al macizo carnicero que se apoya de ambos brazos extendidos sobre el mostrador: ¿A cuánto me sale este lomito? A 120 mil. Coño, está cariñoso, ¿no?

El carnicero se ríe y suelta una frase que lo justifica todo, que le da sentido al costo de la carne, a la hora de espera por las tortillas, al paseo por Artigas 50 años después: Es que la buena vida es muy cara… y la otra, no es vida.

Un viejito que sale con su bolsita de pollo en la mano, pasando justo en ese momento detrás de Alberto, escucha la máxima filosófica del carnicero y comenta: Ay, hijo, y lo que cuesta vivir esa que no es vida.


jueves, marzo 12, 2009

El delirante mundo paralelo de las películas piratas



El arte de la traducción, como bien lo dicen los italianos con su incuestionable traduttore, traditore, está riesgosamente acompañado de la traición. Es una cosa como para quitarse el sombrero eso de intentar poner en el idioma propio la frase que recoja la misma esencia y el mismo espíritu de unas expresiones que han sido concebidas para tener sentido en otro idioma. Lo más fácil –y lo que suele suceder- es que la traducción acabe por aniquilar o tergiversar aquello que el autor quería decir. Y si se trata de subtítulos, pues peor aún, porque los factores de riesgo aumentan, hay que considerar también el espacio de la pantalla, pensar en el tiempo que debe durar el subtítulo contrastado con la velocidad de lectura, en armar un silencioso pero efectivo código para que el lector no se confunda, no se maree ni ponga las letras blancas en boca de quien no las pronunció.

En esta tierra de comedores de arepas se unen dos reactivos que combinados pueden reaccionar muy pero muy feo: 1. que en Venezuela las películas se ven subtituladas. 2. Que subtitular es dificilísimo. Ah, y me faltó la cereza para coronar el pastel: tenemos una robusta, prolífera y muy saludable industria de peliculeros pirata.

Creo que no existe otro país en el mundo donde los subtituladores se den la licencia de poner justo antes del título de la película: “Edgesy presenta” o “Lautana@hotmail.com presenta” o unos inserts amarillos que ocupan media pantalla para decir: “Traducido por Guaralito, Bembaeperro, Obi-Wan-Quesudi y Los morochos”. Y uno, que ya está acostumbrado al desmadre dice: “Coño, no podemos seguir comprando las traducidas por Edgesy, son una mierda”.

Lo insólito es que ya la película no es de Paramount ni de Universal, tampoco es una película de Kubrick o de Lynch, no, aquí quien tiene el honor de presentártela es el pana que le puso los subtítulos a la copia pirata. Y justo después de eso, la película pirata que estás a punto de ver pero que no termina de comenzar, te obliga a ver una propaganda mexicana sobre lo terrible que es ver películas piratas, que eso es un crimen federal, que es perseguido por el FBI, que es comparable a que un niño se robe un examen y cuando el papá se los reclama le dice “Papá, no pasa nada, güey, mi examen es pirata, pirata como tu película”.

Cuando un venezolano recorre con la vista su colección de DVDs no sólo está recordando las películas que ha visto, sino también revisita una cantidad insólita de añadidos, de extras, de caminos que se bifurcan, de otras películas que se desprenden de la película que uno cree haber visto, cortesía todo ello del equipo de piratas (de todos los colores y calidades) que ha permitido que esa película llegue hasta su casa. Hay piratas realmente piratas (que después de someterse durante dos horas a lo que han hecho uno puede decir como el último de los replicantes de Blade Runner: “I have seen things…”) mientras hay otros que merecen el noble título de “Peliculistas” porque hasta los tenemos de arte y ensayo. Los peliculistas de autor son capaces de ofrecerte un surtido mucho mejor de lo que te pudieras encontrar en la FNAC, en Barnes & Nobles o hasta por Amazon.

Si no fuera por los peliculistas uno no pudiera ver buen cine ni cine clásico en este país. Los peliculistas son unos benefactores de la humanidad y algún día deberían ser nombrados parte del patrimonio cultural de Caracas.

Revisando el mundo paralelo que se asoma en mi estante de películas, confesaré que yo, por ejemplo, tengo una copia única en el mundo de El Rey León. Lo digo con orgullo. La compré para cuando los sobrinitos me llegaran a casa. Resulta que la película está grabada desde una de las butacas de la última fila del cine, y que en una de las de adelante hay un tipo con incontinencia que se levanta para ir al baño cada cinco minutos, y que cuando se va a volver a sentar se queda inclinado dándole un reporte a la novia sobre cómo le ha ido. Ese sujeto acaba saliendo en mi película más que el propio Simba, sale el doble. O uno ve a Simba pero con el cuerpo del meón. Y, como si fuera poco, cuando faltan unos 15 minutos para el final, al camarógrafo –que se quedó dormido- se le ha deslizado la cámara y el nuevo encuadre ha grabado solamente la mitad de la pantalla del cine. La otra mitad es negra, vacío, hueco, no hay nada. Yo me pregunto qué entenderán mis sobrinos, porque la ven sin pestañar, como si todo fuera normal, con algo tienen que estar llenando ese agujero negro que les parte la pantalla por la mitad. Mis sobrinos tienen que decir a los amigos: “Mi tío Jose tiene una versión del Rey León que no es la que tú has visto”.

En mi DVD de la reciente versión de “El día que la tierra se detuvo” hay un niño que llora. Llora toda la película. Un bebé que pide pecho o que tiene fiebre. Si logras superar el ruido blanco de sus gritos –nadie lo ha logrado, sólo yo y fue por Jennifer Connelly, que a mí el resto de la película me importa un bledo- al rato se convierte el carricito en un personaje más de la película. Una voz que se superpone a la de Jennifer, la saca de concentración y la pone a decir otras cosas. Se convierte ese llanto en el complemento perfecto para la cara de marciano que no se entera nunca de nada con la que se empeña en actuar Keanu Reeves sea la película que sea. Y de pronto, en la escena más crucial, la película pierde el audio y aparece como un fantasma fuera de campo la voz de la mamá, dulcísima, cariñosísima, que le dice al retoño: “Ya va, mi papito, ya te voy a cambiar el pañal, es que mamita estaba trabajando”.

Pero ninguna como mi copia en DVD extrapirata de Appaloosa, original de Ed Harris, pero versionada delirantemente por Edgesy. La copia que yo tengo es mucho más de Edgesy que de Ed Harris (¿qué carajo será Edgesy? ¿un hombre, una mujer, un travesti, un hamster, una máquina como HAL 9000, un cajero automático?). Porque Edgesy traduce sencillamente lo que le da la gana, lo que entiende, la palabra que le suena y de resto todo es inventado. Y cuando la película lleva 20 minutos tú ya estás perdido que no tienes idea ni de quién es quién. Hay un momento crucial en que el vaquero Viggo Mortensen (que al principio de la película se llamó Avery, luego hacia la mitad Edgesy lo bautiza como Evri y al final de la peli ya se llama Yefri) dice algo entre dientes que es subtitulado magistralmente como: “Qué arrechera esta taza, me recuerda a una pelota”. Y uno se queda viendo esa imagen subtitulada así como si estuvieras dividiendo mentalmente 1789,17 entre 51, 28. Y te dan ganas de reír, de llorar, de ahorcar a alguien, de entregarte redondo a la reflexión de “pero qué mundo tan raro éste que nos ha tocado vivir”.

Los venezolanos, no lo sabemos pero así es, tenemos todos un vórtice en casa. Una compuerta que nos lleva a otra dimensión. Sólo basta abrir la caja plástica en cuyo interior respira el DVD pirata y sin nombre, ese mismo por el que algunos minutos antes hemos preguntado al peliculero: “Chamo y ésta, está de buena calidad” / “Fina. Con menú y todo, el mío”. Tú te lo llevas por 5 Bs de los extrafuertes (como el Atamel) le das play a esa vaina y si puedes te persignas; tú no tienes la menor idea de a dónde vas a ir a parar cuando este viaje te suelte dentro de dos horas. Seguro que ya no serás nunca más el mismo.


sábado, febrero 28, 2009

Canadienses


Quiso la providencia que, hace exactamente diez años, en Berlín, febrero de 1999, tuviera la inmensa suerte de sentarme durante diez minutos inolvidables en una sillita frente de uno de mis superhéroes particulares, el cineasta canadiense David Cronenberg.

Yo: ¿Cómo definiría en sus propios términos el cine de David Cronenberg?

Cronenberg (vestido como un gentleman y con una sonrisa): Yo diría que si mezclas cirugías, mutaciones, los misterios de la carne intervenidos por la tecnología, algo de sexo, un poco de locura y mucha gente angustiada junta... pues allí tienes mis películas.

Yo: ¿Y qué opina de lo que podría pasar con la humanidad en un futuro cuando hayamos mutado o nos acabemos de convertir en otra cosa por medio de cirugías?

Cronenberg (con la sonrisa ahora trocada en risa): No puedo tener una posición al respecto. Mi naturaleza es ser neutral... ¡Soy canadiense!

Hace unos meses tuve el placer de conocer a una autora de libros infantiles canadiense, que con unas historias y unos trazos simplísimos ha logrado tocarme la médula, Marie-Louise Gay (quien por cierto es idéntica a Stella, el personaje que la ha hecho famosa). Marie-Louise, quien es de Quebec, me contaba del auge del movimiento que reclama la autonomía de ese pedazo del Canadá -que en sus casos más radicales abogan por el separatismo: el Canadá anglosajón para un lado y los quebecois de origen galo para el otro-. Y cuando le pregunté qué opinaba ella me dijo algo que me sacudió: "Yo estoy de acuerdo en que se nos respete, en que se nos dé autonomía, en que se reconozcan nuestras diferencias... pero veo al mundo que se atomiza neciamente en los nacionalismos y pienso: Joder, cómo me gustaría que Canadá diera el ejemplo, que demostráramos que sí se puede".

Hoy descubrí este video de los New Pornographers, otros canadienses que hacen un arte que me anima y me fascina, y al verlo y escucharlo no puedo dejar de pensar en ese don tan canadiense para ponerle a uno a sentir tantas cosas a la vez, extrañarse, emocionarse y llegar a asumir tantas posiciones encontradas a pesar de su consabida "neutralidad".


Myriad Harbor, por The New Pornographers

jueves, febrero 12, 2009

El peor infomercial



A mí me suelen enganchar un montón los infomerciales. Sí, lo asumo, es un placer culposo. Es como si uno se sometiera -casi voluntariamente- a varios minutos de incomodidad, de risa, de curiosidad, de vergüenza ajena, como si cada vez que uno pasa por un infomercial y es incapaz de cambiar el canal se le despertara un lado siniestro que decide regalarse una estadía breve por el absurdo. Los infomerciales son piezas muy peculiares: te venden unas cosas espantosas e inútiles con un tono épico salpicado de autoayuda, son como guiones de ciencia ficción convertidos en documentales publicitarios. Pocas cosas más delirantes que un tipo sin camisa, peinado con laca y cola de caballo, con abdominales definidos hasta en la yugular (esos panas tienen músculos extra, hasta donde no los hay), que te asegura que todo lo que es hoy se lo debe a untarse religiosamente baba de caracol por todo.


Cierta madrugada, cortesía del insomnio, pude ver uno de los infomerciales más fantásticos de la historia de la humanidad. Se llamaba “Minigolf Kit” (por favor si alguien lo consigue en Youtube no se olvide de compartirlo, es una gema). El asunto era una especie de estuchito de cuero de esos que se cuelgan en el cinturón, parecido a uno para guardarse el yesquero Zippo, en cuyo interior habitaban una pelota de golf, un tee (esa cosa que es como una pieza para jugar ludo pero que se entierra de cabeza en la hierba para ponerle la bola de golf encima) y un trapito mágico para limpiar de residuos la pelota luego de ser golpeada. Entonces el dueño del minigolf kit podía ir al banco, al automercado, a buscar a los niños al cole, al sauna o a la iglesia con su equipo de golf siempre sujeto a la correa. Y entonces, he aquí la magia, el locutor decía: “Y ya no tendrá nunca más que hacer esto”: Y salía el mismo tipo pero con un ataque de estrés porque no sabía qué hacer con el palo de golf, la pelota, el tee y se lo metía todo en el bolsillo del pantalón (zoom in al bulto que le asomaba bajo la tela). “Y tampoco tendrá que hacer más esto”: Entonces salía el tipo con una camisa blanca, la bola de golf sucia en la mano (inmunda, como si hubiera caído en un pozo séptico), la misma cara de no saber qué hacer con ella hasta que procedía a limpiarla con la tela de la camisa, en la zona de la barriga y le dejaba un manchón a la panza que no lo sacan ni en la más osada de las cuñas para detergente. “Ni tendrá nunca más que hacer esto tampoco”: Y aunque usted no lo crea aparecía un primer plano del protagonista con la pelota de golf metida en la boca. Como si fuera un huevo duro con cáscara y todo (yo no he jugado golf en la vida, pero si la gente hace eso con cierta frecuencia voy a comenzar a jugar sólo para tomarles fotos y extorsionarlos luego). “Así evitará sensaciones y sabores molestos”: Y salía el tipo escupiendo con cara de asco trocitos de césped y tierra después de chuparse la pelota de golf. “Y todo esto por una módica suma”: Y salía en la pantalla algo así como 699, 99 $ (y uno dice siempre: ¿Pero esos dólares no serán gringos? Coño, porque esa vaina además de chimba es entonces también carísima). “Pero aún hay más, si llama ya le daremos otro minigolf kit completamente gratis” (qué maravilla, si no sabías qué carajo hacer con uno solo y ahora te salen dos). “Llame a nuestras operadoras para mayor información sobre cómo pagar con moneda local” (Qué miedo. Seguro que si llamo ahí sí que se termina de abrir un vórtice hacia otra dimensión o se destapa una caja de Pandora telefónica que no la cierra ni Dios).


Durante un tiempo estuve convencido de que la inteligencia que se escondía detrás de la Revolución Bolivariana la conformaban un grupo de libretistas resentidos que fueron botados de Bienvenidos o Cheverísimo. Más tarde lo estuve pensando mejor y dije: “No, esta vaina es obra del mismo equipo de sádicos que nos somete desde hace décadas a Sábado Sensacional” (Los Cisneros son grandísimos responsables de la marginalidad mental de este país y han hecho de ello un negocio rentabilísimo). Pero si uno la mira detenidamente se da cuenta de que lo que estamos viviendo no es otra cosa que un infomercial, uno que ocurre en tiempo real y en el que nos tienen que estar grabando con cámara oculta; y lo tienen que haber hecho los mismos genios perversos del Minigolf Kit. El “Mini-Chavist Kit” es otra mamarrachada que se publicita con tono épico salpicado de autoayuda, es un cuentote de ciencia ficción que tú dices: “Es imposible que la gente venda y compre esto”, es también una cosa absurda que uno lleva colgada hasta para bañarse, un estuchito que incluye un muñeco egocéntrico, adicto a rendirse culto a sí mismo, con baterías nucleares (las pilas sí que vienen incluidas esta vez) para garantizarle que no se calla ni deja de soltar sandeces jamás y que una vez se encienda no se puede apagar más nunca. Y sientes que en cualquier momento algún locutor te va a decir desde el cielo: “Y si llama ya le daremos gratis un bigote como el de Nicolás Maduro hecho con pelo natural”.


Enotnces uno, como pasa con todo infomercial, se debate entre la risa, el susto, la vergüenza ajena, la incredulidad, la curiosidad de “¿Pero habrá alguien que compre esta mierda?”, te sometes pues a esa estadía por la versión más chimba del purgatorio que te pretenden vender a un precio sideral. Y una vez más, como siempre, te asomas a ese vórtice, a esa Caja de Pandora que no cierra ni Dios, y acabas diciendo con una sonrisa: “No, vale. No, claro que no. Pero ni de vaina”.



miércoles, febrero 04, 2009

Ganar el loto


Si Cassius Clay la hubiera conocido seguro que se replantea aquello de “vuela como una mariposa y pica como una avispa”. Se hubiera dado cuenta de que hay otros como él, que quizás boxean pero lanzando otros golpes, y que incluso se puede volar y picar mientras se vende el loto en las colas de Caracas. Y aunque el gran Muhammad Ali no jugara a la lotería en su vida, seguro que a ella la veía un minuto y sí que le compraba dos o tres.

La avispa se mueve entre los carros, sortea a los motorizados, revolotea con sus tarjetas abiertas en abanico, suelta unas carcajadas inauditas que se me cuelan por la ventana tres pisos más arriba. La gente baja las ventanillas para saludarla y piropearla. Ella seduce, se contornea, vende, muerde. Porque La avispa se viste de libélula incandescente cuando está de buenas pero si alguien amenaza con atropellarla o le dice que se quite de en medio porque está atravesada, tengan por seguro que a la morena se le despierta la tarántula que lleva por dentro. Y lo que suelta aquella boquita a cientos de decibelios es una cosa innombrable, sólo confesaré que -aún refugiado en las alturas y tras la persiana, y sin que sea contra de mí aquel camión verbal- me sonrojo y se me espeluznan los vellos de la nuca, y diré también que creo que si alguna vez lo transcribo capaz y se nos arruga la pantalla.

Resulta que cien metros más arriba, casi a la altura del semáforo, se paró hace unos meses otro vendedor de loto. El hombre, eso sí, vendía bastante menos. Quizás por una razón meramente geográfica: ya la gente había pasado por los predios de La avispa una cuadra más abajo. O quizás porque la sonrisa y las curvas de la morenita lograban mover mejor las billeteras que el seño fruncido y la barriga del recién llegado. El punto es que el hombre día a día fue bajando por la calle unos pasos más. Y en las últimas semanas ya estaba vendiendo codo a codo con La avispa. Ella en los canales de la derecha, él en los de la izquierda.

El otro día volvía yo a la oficina con mi almuerzo a cuestas y me los encontré sentados en la acera frente al edificio. Se estaban dando, bajo el sol del mediodía, unos besos prodigiosos de esos que la gente ya no se da jamás. Yo, ahí parado, con mi bolsita plástica en la mano, era menos que una estatua, sencillamente no existía. Aquellos dos estaban sumergidos en cuerpo y alma en ese universo privado que sólo son capaces de construir los que se gustan de verdad. Perdidos estaban en su trinchera invisible, en su reducto íntimo donde todo lo demás está ausente y borrado.

En eso el hombre del loto se despegó de aquel beso absoluto, un beso del tamaño del mundo, se enfiló hacia la calle repleta de autos y le dijo a su novia: “Ya vengo, mi amor, que tengo que irme a trabajar”. Y La avispa, qué cosa hermosa, le ha contestado desde la acera: “Vaya, pues, papito… pero no vuelvas tarde”.

Aquel hombre sonriente se internó entre el caos de carros, humos, motos, gritos. “Ahí va un hombre con suerte” pensé. Porque, definitivamente, hay varias maneras de sacarse la lotería.


miércoles, enero 14, 2009

Horroróscopo 2009



Aries

Algo pasa con tus fotos recientes, échales un vistazo. No es una en particular, es en todas. Sí, ya te has dado cuenta, estás fuera de foco. Justo en el lugar donde deberías aparecer hay un manchón fantasmal, un borronazo, un fragmento velado. De resto cada quien en su lugar, el clic que captura el momento, la sonrisa posada de todos. Todo en su santo sitio, excepto tú, que cada vez que te atreves a echar un vistazo a la foto te ves más difuminado, dejas de estar más y más. Te harás un obseso de los autorretratos, dispararás mil fotos por día buscando apresar tu imagen. Pero apenas si aprehendes un fogonazo translúcido. De resto todo es vacío, todo es fondo, puro paisaje y naturaleza muerta o sólo se ve aquello que tenías detrás. Subido a una escalera buscarás tus fotos de niño en el viejo álbum familiar y, más con resignación que con pánico, comprobarás que allí tampoco apareces. Que la familia tiene un miembro menos y los primos no eran quince sino catorce. Te irás quedando sin palabras y progresivamente serán menos las que te dirijan a ti. Te vas apagando, consumiendo como una vela, ya es igual para todos si estás o no estás. Tal vez siempre fue así, pero ahora se te hace más palpable. Lo triste no es saber que estás desapareciendo, que te estás evaporando del mundo, lo triste es darte cuenta de que no estuviste jamás.



Tauro

Le has pasado todos los días enfrente a esa estatua; pero no tienes idea de quién es ni te has preocupado por descifrar qué dice en la inscripción del pedestal. Pero un día te dará curiosidad y la mirarás como si fuera la primera vez. La encontrarás francamente fea aunque entrañable. Y te dará un poco de pena descubrir que una fisura larga y honda le resquebraja la espalda. Aprovecharás que a esa hora no hay nadie en la plaza, así que –si es de costado y metiendo la barriga- te darás cuenta de que cabes por la grieta. Una vez dentro, en medio de la oscuridad, extenderás las manos y las piernas, estirarás el cuello y sabrás que esa estatua es como un molde de bronce oxidado donde encajas milimétricamente. Como un guante metálico que se ajusta a ti anatómicamente. Abrirás los ojos y mirarás el mundo por primera vez. Abajo los niños rebotan la pelota contra tu panza, los amantes se besan en el banco de enfrente, los turistas toman fotos desganadas y tú sonríes con una mueca amplia que nadie nota pero que a veces sale en la imagen. Las palomas se sientan sobre tu cabeza y te dejan manchas que nadie jamás va a limpiar. A veces, muy de vez en cuando, alguien gritará: “¡Te juro que acabo de ver pestañear a la estatua!”. Y cierto día escucharás a alguien que se acerca y lee en voz alta la inscripción del pedestal, de su boca saldrá un nombre que te resultará extrañamente familiar pero que ya serás incapaz de recordar: el tuyo.



Géminis

La primera vez ocurrirá en la mitad de la calle, a plena luz del día. Lo verás venir caminando por tu misma acera en dirección contraria. Antes de chocar cabezas lograrás lanzarte a un callejón lateral y desde allí lo verás pasar, fugazmente pero sin sombra de dudas, rozándote las narices. Poco después lo verás de nuevo una tarde, asomándose por tu ventana, deslizándose entre las cortinas de tu propio cuarto. Esa noche, por primera vez, no dormirás en casa. A la mañana siguiente lo verás salir por tu puerta, vestido con tus ropas y calzando tus botas nuevas. Comprará el periódico donde siempre, tomará la misma ruta de costumbre, se le quedará viendo con malos ojos a la muchacha del café de la esquina que se la devolverá con el doble de malicia. Te dedicarás a seguirlo noche y día, quizás porque no se te ocurre nada mejor que hacer, tal vez porque no te acuerdas que se pueda hacer otra cosa; aguardarás escondido tras el contenedor de basura a que salga del edificio donde trabajas, a que termine de hacer la diligencia del banco, a que acabe el almuerzo con tus colegas, a que amanezca para que sea hora de irse de nuevo al trabajo. Se te olvidará comer, no te importará que la ropa se te vuelva harapos, la barba te gane la cara entera y el pelo te llegue a la cintura. Tu única misión será seguirlo. Incluso un día lo verás salir con tus hijos de casa, te pillarán escondido tras el matorral, los niños se quedarán tiesos del pánico y él sugerirá: “Niños, métanse en el carro que el loco puede ser peligroso”. Esa noche -como lo has venido haciendo desde el primer día en que casi te lo tropiezas- repetirás el mismo ritual, buscarás el teléfono público de la esquina y llamarás a tu celular extraviado unos meses atrás. Luego de dos repiques te contestará. Y con tu propia voz te dirá: “Sé quién eres, miserable. Mejor resígnate, vive tu vida y déjame vivir la mía en paz”.



Cáncer

Resulta que te bajas un día del auto y allí está, esperándote, recostado contra la acera. Voltearás hacia los lados y, asegurándote de que nadie te mira, lo guardarás en tu bolso o debajo de la chaqueta. En la madrugada lo sacarás a escondidas y te lo calzarás. Ese zapato plateado es exactamente de tu medida. Pero eso no te sorprende, siempre lo supiste. Caminarás con él y te lo mirarás de frente, costado y espaldas en el reflejo del espejo. No podrás controlarlo, cada cierto tiempo -que se irá haciendo progresivamente más y más frecuente- tendrás la pulsión irrefrenable de escabullirte para poder calzártelo. Hasta que una mañana, con arrojo y sin culpas, te lances a la calle con tu zapato plateado a ver si juntos pueden dar con el compañero. Por andar caminando con dos zapatos distintos cometerás una torpeza que te hará perder el equilibrio, irás a parar de mentón contra el parachoques de un auto. Calma, no pasará nada grave, apenas un susto, apenas un golpecito lo suficientemente fuerte como para perder el sentido unos minutos y dejarte una atractiva cicatriz de por vida en la barbilla. Una marquita seductora buena para romper el hielo o para inventarte una historia de persona experimentada que escapó por los pelos de la tumba. Siempre hay alguien que se enamora de quien dice haber vuelto de entre los muertos. Ah, casi lo olvidaba, en el accidente, además del sentido, perderás también tu zapato plateado que quedará allí recostado contra la acera. Alguien lo recogerá sin que nadie lo note y cuando se lo calce en el silencio de la madrugada, ya los sabes, le quedará perfecto.



Leo

Y finalmente este año viajarás. Después de haberle empeñado al mismo deseo docenas de uvas durante décadas. Después de habernos mareado mil veces con la misma cantaleta que este año sí que seguro, que te lo juro que no sé cómo pero me voy. Te comprarás el billete con los ahorros de toda la vida, te aprenderás de memoria los planos de esas calles y te harás capaz de recitar uno a uno de los consejos de la Guía Michelin. Harás lo imposible para que el mundo se entere de que por fin este año sí que estarás allí. Lo único que te faltará (aunque la idea sí que se te pasa por la cabeza) es tatuártelo en la frente. El día del viaje estarás en el aeropuerto con varias horas de anticipación, intentarás hacerte amigo de todos en la cola para despachar el equipaje. También del agente de inmigración (qué mala idea y qué mal gusto). Y también con el personal de tierra de la línea aérea (quienes, por cierto, te reportarán a la brigada antidrogas porque seguro debes venir tragado con dos kilos en dediles). Te tocará el asiento del medio y antes del despegue tratarás de entablar conversación con la señora de la ventanilla y con el viejo del pasillo. Te ignorarán y simularán haberse dormido. Lo harán tan bien que te dará sueño a ti (aunque debe ser el gas relajante que siempre sueltan al despegar y al aterrizar para dopar a los pasajeros).

Cuando despiertes te encontrarás flotando en la mitad de la nada, con la pantalla electrónica mostrando la silueta de un avión que se dirige hacia un destino que desconoces y que sobrevuela un mapamundi absolutamente extraño. Intentarás avisar a los pasajeros pero todos duermen un sueño del que no se despierta en este mundo. Buscarás a las azafatas, a los sobrecargos, irrumpirás en la cabina del piloto: todo desierto. Viajarás hasta el fin de tus días, un viaje eterno y solitario apenas perturbado por fugaces turbulencias que te emocionarán un montón.



Virgo

Lo verás pasar con su trotecito de brincos cortos y con esa felicidad concentrada que le motoriza la cola. “Quien haya inventado aquello de vida de perros no ha conocido a este tipo”, pensarás. Dejarás lo que estás haciendo y te le irás detrás. Al final, seguir a un perro callejero es también un plan, tan absurdo como cualquier otro. Se convertirá en tu mentor, tu modelo de vida, tu ídolo. Aprenderás de él a pelar los colmillos cuando la situación amerite un combate y a correr con todo lo que te dé el alma cuando la huida sea la solución más sabia. Te cultivarás en el arte de hallar un banquete donde para el resto hay pura basura y conocerás el placer insólito de rascarte detrás de las orejas cuando mejor te venga en gana. Reconocerás a la gente buena de la mala con apenas olfatear el aire que los rodea y a veces lanzarás mordiscos prodigiosos a la espinilla sin razón aparente, aunque el mordido sabrá exactamente porqué. Le tomarás gusto a escaparte por más que sepas que nada te espere afuera. Dormirás dónde y sólo cuando te dé la real y canina gana.

Hacia finales de año el maestro morirá, con su hocico recostado de tu pecho y con los ojos sonrientes, como nadie sabe hacer ya con la boca. Descubrirás que ya no tienes proyecto de vida, que te pareces a un barco a la deriva cuyo timonel se lanzó en alta mar. Que no te acuerdas de quién eras ni qué hacías, y que poco te importa. Leerás un anuncio en el periódico de una mansión que requiere de perros Rottweiller. Harás el casting y te seleccionarán como guardián. Serás el macho alfa de la manada, marcarás tu territorio y le aullarás a la luna. Y un día sin razón ni explicación, saltarás la reja y te harás a la calle. Alguien te va a seguir.



Libra

A través de la ventana presenciarás cada mañana una excavación. Al otro lado de la calle están preparando el terreno para una nueva construcción, pero nadie sabe qué ni tampoco preguntan. Te quedarás horas viendo a una excavadora que con su pala remueve toneladas de tierra y abre un hoyo profundo hasta que cierta mañana. Cierta mañana los obreros no irán más y así la obra será abandonada. No quedará nada allí, excepto el hueco. Te asomarás al foso y decidirás descender hasta el fondo no sin vértigo de descalabrarte en el intento. Bajarás metros y más metros y cuando pienses haber llegado a tierra descubrirás una cueva que se abre en el rincón más lejano del agujero. Como si te atrajera una fuerza magnética te deslizarás por la abertura. Adentro todo es cálido, húmedo, resbaloso, oscuro. Nada tiene forma ni color, sólo sonido; sonidos y texturas. Aprenderás a distinguir los ecos amarillos de los verdes, las texturas azules de las rojas, y por nada del mundo volverás sobre tus pasos, siempre te internarás por la gruta un poco más. Hasta toparte con alguien que viene en sentido contrario. Se tantearán los rostros y los cuerpos, le pondrán un color a sus respectivos alientos y se quedarán muy juntos a habitar el inframundo sin salir a la superficie jamás.

Ustedes no, pero sus crías sí, llenos de sed y de curiosidad, descubrirán la ruta hacia fuera. No te imaginas lo que harán del mundo apenas lleguen allí. Va a estar bueno.



Escorpio

A principios de año amanecerás con la sensación de que tu vida es un absoluto desastre y que te encuentras en un punto de no retorno. Te quedarás un rato sentado en el borde de la cama sacando el balance en cifras rojas de lo mal que te ha ido y vas. Pondrás la planta del pie en el suelo y tomando impulso te lanzarás a la calle con la convicción de quien va a resarcir un daño hecho. Tú aún no lo sabes, pero en cada paso que das estás desandando uno idéntico pero en sentido inverso que diste el año pasado. En cada contacto de talón estarás borrando la punta de dedos que pisaste un año atrás, y cada vez que toquen tus dedos el suelo se difuminará la vieja huella de tu talón. Te vas a pasar el año entero caminando, desandando paso a paso el camino que te trajo hasta donde estás. A finales de diciembre, agotado y con los pies hechos jirones, te vas a acostar a dormir durante una semana entera. Despertarás con la sensación de que alguien te ha reseteado, que estás en neutro, que tu cuentakilómetros marca cero macizo. Allí te quedarás, un rato, con los pies colgando por el borde de la cama. Da ahora un paso, hacia cualquier parte, mejor sin pensar y de un salto. Otro destino te espera.



Sagitario

El año pasado hablaste muchísimo más de la cuenta, y lo sabes. Desaprovechaste sistemáticamente todas las oportunidades que tuviste para guardar silencio. Cada vez que debiste callar se te fue largamente la lengua, así que este año vas a decidir hacer lo que nunca antes has hecho pero que debiste hacer hace rato: escuchar más y hablar menos. Te vas a proponer eliminar de tu vocabulario 4 palabras cada 5 minutos. Las palabras ofrecidas en sacrificio las anotas en un papel, luego las tachas y en ese instante te juras por lo más sagrado no volver a pronunciarlas nunca más en tu vida . Durante las noches programarás neurolingüísticamente a tu cerebro para que, aleatoriamente, seleccione por ti las 48 palabras que erradicarás de tu léxico en esas 8 horas de sueño. Así que en cada amanecer abrirás los ojos con un saldo verbal de -384 palabras que nunca más saldrán de tu boca. Al finalizar el año habrás borrado de tu lengua 420.480 palabras, siendo la última de todas “yo”. Serás mudo por por decisión. Y así te convertirás en el líder fundador de una religión de sabios silenciosos que, quiera Dios, gane muchísimos adeptos en los años por venir.




Capricornio

Bienvenido seas al reino de los insomnes. Lo intentarás todo y lograrás dormir absolutamente nada. Durante semanas desquiciadas estarás sentenciado a conectar un día tras otro, con otro y contra otro. Escucharás en el silencio nocturno el concierto ensordecedor que montan el latido de tu corazón y el pulso que te bate en las sienes. Sabrás lo que es pasearse por la vida como si un enorme colchón invisible se interpusiera entre tú y ella. Vivirás ahogado y amortiguado, encandilado y encajonado. Hasta que cierta madrugada, delirando de ansiedad, con los nervios hechos jirones y con la corteza cerebral rayada en finas hilachas, decidas tomarte todo a la vez: varios tesitos de lechuga, tres tazas de tilo, pasiflora en todas sus presentaciones, dos cajas de valeriana, cuatro Tafils, dos Lexotanil, tres Valiums. Dormirás, sí; al fin, como fulminado por una aplanadora. Algunas horas después te levantarás ágilmente de la cama, te vestirás, harás tu rutina de siempre. Todo te saldrá bien, ligerito, como si nada tuviera jamás necesidad de forzarse porque todo en la vida ocurre por casualidad o por inercia. La gente dirá que te ves más tranquilo, que irradias algo agradable que antes no, que ciertamente ahora hablas casi nada y estás un poco taciturno, pero que en definitiva -a pesar de las ojeras y lo delgado- se te ve bastante bien. Que si será que cambiaste de religión, de dieta o de pareja. Especularán mucho sobre tu cambio pero no te sacarán palabra. Recibirás un ascenso, comprarás auto y casa, mejorarás tus relaciones familiares, profesionales, afectivas. Hasta que despiertes. Un año más tarde. No, no soñabas. Resulta que, no lo sabías, eres sonámbulo. Y como te confesará alguien que te quiere de verdad unas semanas después cuando vuelvas en ti: “No es que no seas buena persona, pero sonámbulo eres mucho mejor”.



Acuario

Subirás a la montaña un día de sol y una vez en la cumbre te lanzarás con los brazos extendidos sobre la hierba. Se está tan a gusto en ese lugar que te abandonarás sin preocupación alguna y caerás en un estado de denso letargo. Un colibrí se acercará zumbando y, pensándote una flor extraña, introducirá su pico en tu oído y dejará allí pedacitos de lo que traía. Lo mismo pasará con una abeja que, viéndote dormir con la boca abierta, decidirá polinizarte justo sobre la lengua. Te vas a despertar justo en ese instante, con la abeja dentro de la boca, quizás se te escabulla entre los dientes, tal vez te clave un aguijonazo en el paladar; pero eso no tiene importancia, lo que importa viene después. Porque has sido polinizado, casi en simultáneo, con esporas de dos especies distintas que se cruzarán en un injerto prodigioso que germinará dentro de ti. Debajo de las axilas y en la base del cuello te crecerán los frutos. Y de ellos darás a probar a esa persona que siempre amaste pero quien jamás se dignó a fijarse en ti. Y se hará adicta. Tanto que te dará miedo y decidirás dejarla. Herida y loca del despecho querrá vengarse de ti. Te venderá por una suma jugosa –valga la metáfora- a una transnacional de néctares y concentrados de fruta. Pasarás el resto de tus días dentro de una cámara blindada conectado a una máquina succionadora. Te exprimirán gota a gota, lentamente y hasta los tuétanos.



Piscis

Lo lamento, pero será por una emergencia, porque de otra manera no irías. No así, no allí. Pero bueno, una vez dentro uno no tiene otro remedio que levantar la vista y pasarse un rato ensimismado leyendo lo que está escrito en la puerta, las paredes, los techos. En un primer vistazo te parecerá tan banal como siempre, la misma letra aniñada que asegura que se acuesta con la hermana de no sé quién, al lado verás el mismo dibujo grotesco de siempre que abarca media puerta y que se te antoja tiene que ser inversamente proporcional al tamañito del que lo pintó. Un poco más allá, los números telefónicos de fulana y mengana con las consabidas promesas de llámalas y verás. Más arriba, los sempiternos chistecitos escatológicos, los fragmentos de poemas de Benedetti, diálogos de películas, refranes, frases épicas del Che. Esa noche no dormirás, pasarás las horas en vela cosiendo mentalmente las frases, los dibujos, los números y las palabras. Al día siguiente inventarás cualquier excusa para volver a ese baño y cualquier excusa será buena para encerrarte por días en ese excusado. Tomarás nota, subrayarás palabras, encerrarás en círculos cosas por conjuntos, trazarás líneas de conexión entre lo que está en el techo, las baldosas del suelo, la tapa, la puerta, las paredes laterales, el rollo de papel. Y entonces entenderás todo, absolutamente todo se conecta.

A partir de ese mensaje que juras haber decodificado tomarás una acción radical que te hará más famoso que a Charles Manson. Y tus apuntes de baño se convertirán en una ciencia, acaso una pseudoreligión, una cosa tan poderosa que echará por tierra al psicoanálisis de Freud. Contigo la gente hará terapia y sólo encontrará alivio al volverse más loca.


miércoles, diciembre 31, 2008

En camino



Que no, que no me he olvidado del Horroróscopo 2009, que claro que este año también hay, que lo que pasa es que esta vez hay un par de signos zodiacales rebeldes que no se dejan domesticar. En eso estamos, dándole duro, así que ya viene en camino.

Mientras tanto les deseo un buen final de año y un mejor inicio del que viene. Sean felices mientras llega la hora de calzarse los zapatos para el baile, porque como dijo un presidente bigotudo casi tan folclórico como el que nos gastamos hoy: "a ponerse las alpargatas porque lo que se viene es joropo".

Mis respetos y un gran abrazo.