martes, 14 de abril de 2015

Plaza tomada



Como todos los días, hoy pasamos durante nuestra caminata matutina por la escuela de perros al aire libre del Parque Líbano. Pero justo en el lugar donde suelen los perros jugar y entrenarse amanecieron hoy enormes huecos, montañas de tierra y unas cintas rojas delimitando el territorio de esas que dicen: "PROHIBIDO PASAR". La escuela se les había convertido en un campo minado. Una zona de guerra. Un área vetada. Y allí estaban todos los perritos alineados con sus entrenadores, al borde del terreno tan familiar pero hoy tan ajeno, con expresiones de confusión y profunda tristeza. Parecían personajes de ese cuento de Cortázar "Casa tomada".

Ya saben de qué expresión les hablo. Nosotros también sabemos de casas tomadas.


jueves, 26 de marzo de 2015

Con Borges en el metro


Hoy a las 12.15 pm en un vagón de la línea rosada, en el trayecto entre Sevilla y Tacubaya, me tocó sentarme junto a un señor al que creí reconocer. De unos 75 años bien llevados. Elegantemente vestido con su traje gris y corbata negra. El pelo canoso engominado hacia atrás. Los ojos claros fijos al frente como si pudiera asomarse al vagón de más atrás. Me le quedé mirando sin disimulo hasta que logré incomodarlo, tanto que en un punto me tuvo que decir: “Espero que no se le haya perdido un viejo feo como yo”. Le dije que disculpara, que se me parecía mucho a alguien: “¿Nunca le han dicho que se parece mucho a Borges?”. El señor me mira con cara de tener la menor idea de qué estoy hablando, así que caigo en balbuceos para explicarme más de la cuenta: “Borges… Jorge Luis Borges… el escritor argentino, era así, más o menos de su estilo…” (logro arrepentirme a último segundo antes de soltarle que era ciego y embarrarla todavía más). Me sigue mirando con la misma cara de no entender nada y yo me quiero morir de la vergüenza. Me callo, paso el resto del trayecto regañándome mentalmente por estar mirando a la gente con semejante descaro y además intentar darles explicaciones.

El metro se detiene en la estación de Juanacatlán, el señor me hace señas de que se baja aquí. Cuando le cedo el paso, todavía con mi sonrisa avergonzada, el viejo me dice: espero que llegue usted a su casa bien, no se vaya a perder en las ruinas circulares o en el laberinto de Asterión.

Se abren las puertas, el hombre se aleja por el andén. Le miro apenas la nuca pero sé, lo sé, que se va riendo Hoy me subí con Borges en el metro.

jueves, 26 de febrero de 2015

Del fútbol y el chavismo


Esto es chavismo para principiantes, explicado con sencillas metáforas tomadas del deporte universal.

1)                    El fútbol es un deporte que se juega 11 contra 11 (y donde siempre gana Alemania, decía Gary Lineker). Bueno, en este caso los 11 del chavismo son realmente 13 (es que los circuitos del torneo están organizados así y esa matemática es mejor ni explicarla porque no la vas a entender) y los 11 del equipo contrario (digamos, el tuyo) valen solamente por 9. Porque sí, porque así es el fútbol bolivariano y las reglas las ponemos nosotros y esta es nuestra cancha y tienes un jugador menos y te quedas con 8: roja directa por protestar.

2)                    El árbitro es neutral. Pero un neutral que juega para el equipo chavista y que se viste con el uniforme rojo y que ha sido entrenado en Cuba desde la infancia y que está comprado (en dólares, claro) desde mucho antes de que se hiciera árbitro y que jamás sancionará una falta cometida por los chavistas, por más evidente y salvaje que sea, pero sí te sancionará con penales cualquier falta, incluyendo las inexistentes (que serán la mayoría), que a él se le ocurra que cometiste independientemente de lugar del campo. ¿Ah, que no te parece justo? Pues doble amarilla: y te quedas con 7.


3)                    El único jugador que puede tocar el balón con la mano es el portero, siempre y cuando esté dentro de su área. Bueno, menos el portero tuyo que no puede usar las manos. Pues porque no tiene área, todo el campo de juego es chavista. Ya va, me dice un delantero cooperante que tu arquero la tocó con la mano: va para afuera, estás jugando sin portero y con 6.

4)                    No se puede jugar sin el uniforme reglamentario. En el caso de tu equipo ese uniforme consta estrictamente de camiseta, pantalón corto, medias y zapatos. El uniforme del equipo chavista incluye todo tipo de protectores, armas blancas, armas de fuego (en caso de considerarse necesario su uso… que claro que se va a considerar, eso queda a juicio de cada jugador-defensor de la patria), también cuentan con la ayuda externa de colectivos de la paz pero armados con fusiles AK-47 y de las muy institucionales fuerzas armadas bolivarianas y revolucionarias, patria, socialismo o muerte, venceremos. A esta alturas, con mucha suerte y sangrante, estás jugando ya con 3.

5)                    Las medidas oficiales de una portería de fútbol son 7,32 metros de ancho por 2,44 de alto. Pero bueno, es hora ya que sepas que tu arquería mide el doble de ancho y de largo: 14,64 por 4,88. Y la portería chavista es de 1 metro cuadrado. ¿Ah, tú quieres ver el reglamento donde dice eso? Pues velo a buscar en los vestuarios, anda a bañarte (y sin agua porque no hay), te quedaste con 2.

6)                    En caso de triunfo el equipo ganador recibirá 3 puntos, en caso de empate 1 y en caso de derrota 0. Lo que se traduce absolutamente siempre en 3 puntos para el chavismo y 0 para tu equipo en todos los casos posibles e independientemente del resultado del juego. Coño, porque el marcador se compró a China con el petróleo de la Patria y la patria es chavista. Este torneo es nuestro, solo nuestro y no volverán. Toma tu roja. Te quedaste jugando solo.

Listo, a jugar. Qué viva el fair play -el impuesto por nosotros- o aténganse a la consecuencias.



lunes, 26 de enero de 2015

Acéfalo en la estética



Hoy a las 9.10 de la mañana, en la calle Plinio, pasé por enfrente de eso que antes llamaban peluquería pero que ahora prefieren decirle “estética”. El lugar se encontraba desierto a esa hora, excepto por una mujer que le secaba y peinaba rabiosamente el pelo a otra. Lo hacía con tal violencia que la cabeza de la peinada se tambaleaba, amenazaba con desprenderse en cada golpe de cepillo y cada ráfaga de aire caliente. Y en ese momento, justo cuando me pasaba frente al ventanal, ocurrió lo inevitable: la cabeza cedió y se levantó por los aires, salió volando desprendida del cuerpo. Sólo entonces descubrí que la víctima de la belleza era un maniquí; con su cara tan maquillada, su peluca de un color imposible -ahora sin vida, sobre el piso, dos metros más allá-, y ese cuerpo desnudo y acéfalo, todavía sentado en la silla, esperando que lo terminaran de peinar para ponerse a trabajar.

jueves, 22 de enero de 2015

El oráculo del despecho.



Esa mujer -cuyo nombre no logro recordar, principalmente porque nunca me lo supe- tenía cara de llamarse Esteban. Así que, amparado en ese exabrupto tan común de que los nombres propios no tienen ortografía y además apelando a la complicidad de ustedes para que exista eso que los conocedores llaman “el pacto ficcional”, a partir de este momento Esteban es un nombre de mujer que se escribe Esteban.

Yo le tenía miedo a Esteban. Desde el día uno. No, no era porque fuera un mujerón enorme con brazos y vozarrón de camionero capaz de echarse tres bultos de cemento al hombro. No, tampoco era por esa capacidad de hablar y reír sin que el cigarro se le desprendiera jamás del borde reseco de los labios. Le temía porque Esteban era capaz de hacer la pregunta más incómoda y dolorosa de todas, la que más me hacía mella, la que más me refrescaba el despecho: “Epa, chamo, ¿cómo está la jeva?”.

Porque Esteban no se andaba con rodeos, nada de andar preguntando bolserías para perder el tiempo ni dorar píldoras, ella venía a buscar su dinero o su bolsa de ropa o lo que le fueran a regalar, y rapidito porque me quedan muchas casas en esta cuadra por visitar todavía. Así que nada de ¿está tu mamá? o hace tiempo que no veo a tu viejo ni mucho menos me saludas a tu familia. La escena se reducía a la mano estirada esperando lo suyo y aquella pregunta cruel, disparada a todo volumen, acompañada de una mirada suspicaz y una sonrisa sarcástica: ¿Cómo está la jeva?

La primera vez que Esteban me increpó con semejante mazazo verbal era sábado y yo tenía 10 años. Andaba en shorts, con mi franela de dormir que me quedaba siempre grande y con unas cholas plásticas incomodísimas de esas para meter el dedo. Oí el sonido de la campana de la reja de la entrada, nadie en casa se asomó a ver quién era, salí yo y esa fue la única vez que me preguntó si estaba mi mamá. Cuando bajé al encuentro de Esteban (ya con un billete bien encerrado en el puño y una bolsa negra cargada de ropa de mis hermanas), ella me recibió con su “Epa, chamo, ¿cómo está la jeva?” y me dio como pena y luego algo de susto y un temor de que alguien hubiera escuchado, pero cuando venía de regreso -ya sin la bolsa ni el billete- lo que me daban ganas era de estar con un primo o con un amigo para decirle “y la vieja me preguntó por la jeva, a todo grito, en el medio de la calle; en serio, por la jeva, a mí jajajajaja”. He de aclarar que yo realmente no sabía en ese momento lo que era jeva, quizás lo intuía, me sonaba a algo rico junto con otra cosa que no estaba del todo bien; a palabra que seguro si se la repetía al viejo me iba a decir “qué vaina es ésa, chico, quién te enseño a decir eso” y si se me llegaba a salir enfrente de mamá me iba a ver con cara de “pero qué decepción contigo, otra vez”.

Crecí recibiendo las eventuales visitas de Esteban y a medida en que íbamos creciendo (ella también crecía y crecían las hijas con las que venía a tocarnos la puerta y luego también crecieron los hijos de esas hijas) fui descubriendo el peculiar superpoder que esa mujer tenía sobre mí: ella siempre aparecía en los momentos más críticos del desamor, justo cuando me habían mandado largo al carajo, o precisamente cuando me gustaba una chica y no era ni lejanamente correspondido por ella, o en ese instante milimétrico cuando descubres que  la relación en la que estás metido está a punto de encallar; sí, en ese preciso momento aparecía a domicilio Esteban con su vozarrón de ultratumba para recordarte lo miserable que eras (o que ibas a ser muy pronto): “Epa, chamo, ¿cómo está la jeva?”.

Y yo siempre mentía. Y Esteban lo sabía. Porque yo siempre clavaba la vista al piso, se me sudaban las manos, me ponía más idiota que de costumbre, hacía un recuento mental de todas mis tragedias afectivas y le escupía al suelo un “bien” tan falso que parecía una cucaracha disfrazada de libélula. En una oportunidad, tendría 21 años, estuve a punto de decirle la verdad pero me arrepentí a último momento y una vez más respondí que bien y una vez más ella se alejó con su bolsa, su poco de muchachos, su cigarro y su mirada de “sí, vale, claro que bien…”.

Nunca más volví a ver a Esteban. Nunca. Hasta esta mañana. Y cuando se me acercó y me hizo señas con un papel en la mano y me habló, ya era tarde y yo tenía de nuevo 10 y los pantalones se me encogieron frenéticamente sobre las rodillas hasta hacerse shorts y los dientes se me volaron y perdí 20 kilos y 20 centímetros y también todas las canas y los zapatos se metamorfosearon en cholas hasta que el plástico me lastimó el dedo, y aunque Esteban -que no era Esteban- me preguntaba una y otra vez, señalando al papel, dónde quedaba la calle Plinio esquina con Homero, yo lo único que tenía en mente era responderle disuelto ya en llantos: “Coño, pues yo juraba que bien”.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

La culpa es del Niño Jesús


Cuando yo era chamo tenía un concepto muy raro y malinterpretado de lo que era el Niño Jesús, porque siempre pensé que el pana era mágico y podía traerte cualquier regalo que a uno se le pasara por la cabeza, y cuando hablo de cualquiera me refiero a cosas que jamás se encontrarían en una juguetería (al menos no de este mundo). Entonces yo le escribía cartas muy elaboradas pidiéndole cosas como “el robot de la película del otro día, que vuele pero no muy alto porque entonces se va para casa del vecino y que traiga 20 enemigos para que pelee karate con ellos y también su perrito robot que no salía en la película pero tú sabes cómo es… y un regalo sorpresa”. Cuidaba mucho la caligrafía, le ponía márgenes de colores a la carta y subrayaba el título, la metía en un sobre, me lamía toda la pega para que cerrara bien, la ponía en el pesebre y en pocas horas ya el Niño Jesús se la había llevado.

Y entonces llegaba el 25 por la mañana y yo abría mis regalos y mientras mis hermanas decían: “¡mira, me trajo exactamente lo que le pedí!” yo miraba mi regalo con confusión porque aquello que me había traído se parecía pero definitivamente no era. El robot estaba chévere pero no volaba, no trajo a los 20 enemigos, ese perrito de goma no era robot y se notaba que se lo habían quitado a otra gente, y el regalo sorpresa siempre era una pelota. Muy raro todo.

Entonces me pasaba el año entero pensando y concluyendo que me había explicado muy mal, que lo que pasaba es que estaba escribiendo fatal, que no era capaz de poner bien en palabras eso que tenía en mente. Y que claro, el Niño Jesús no podía entenderme jamás porque yo era pésimo explicador.

A veces me doy cuenta, a estas alturas de la vida, que cuando escribo o doy clases explico y sobre-explico más de la cuenta. Claro, es un trauma de la infancia, la culpa es del Niño Jesús.