lunes, 1 de septiembre de 2014

El fin del mundo en el fin del mundo.



Ayer vimos The Rover (2014), una demoledora película australiana de David Michôd, el mismo director de Animal Kingdom (2010). La película comienza con unas letras blancas sobre fondo negro que simplemente anuncian: “Australia, 10 años después del colapso”. Y esa es toda la explicación que vamos a tener, a partir de ese instante a nadar y a tratar de convertir cualquier objeto flotante en balsa porque es la única manera de sobrevivir al naufragio en el que nos hemos metido de cabeza. 

Un personaje con el que compartí (hoy pienso que más de la cuenta) durante un tiempo, repetía hasta la obstinación una estupidez que había escuchado y que le parecía muy brillante: Los extraterrestres llegan a Nueva York, a Londres, a París, a Tokio, pero jamás aterrizarán en Caracas. Es decir, bajo esa premisa tan poco feliz, el colapso de la sociedad abordado desde la ficción sólo podría ocurrir en una gran ciudad. En dos platos: somos pequeños los de la periferia hasta para inventarnos las fantasías.

Pero de pronto irrumpe algún osado al que se le ocurre decir: yo voy a hablar de qué pasaría si la nave espacial se posara –nadie sabe por qué- sobre una ciudad sudafricana (District 9 de Neill Blomkamp). O yo voy a contar la historia de los días posteriores al cataclismo pero desde la perspectiva de un papá con su hijo que están deambulando sin rumbo por una carretera perdida en el más absoluto medio de la nada (The Road de Cormac McCarthy). O la de estos australianos –primero los de Mad Max y  ahora los de The Rover- que asumen la distopía pero muchísimo más allá de las zonas de confort de Sidney, Melbourne o Canberra; esto es en la carretera, en medio del desierto, en un punto recóndito del mapa que ni vale la pena mencionar porque igual no te serviría de nada: esto es el fin del mundo en el fin del mundo. Y allí la reflexión se hace especialmente aguda, terriblemente vertiginosa, quizás aún más dolorosa, porque este es el fin del mundo de los lugares (y sus gentes) de los que ni siquiera nos acordábamos cuando aún había mundo.

El fin del mundo en el fin del mundo es un lugar (en lo físico y en lo metafórico) especialmente extraño. No hay asideros, nada se parece ya a lo que debería ser, no hay explicación que valga y tampoco hay que pedirlas/darlas. En el mundo postapocalíptico de The Rover no quedan casi mujeres, las cosas tienen un precio exorbitante y en dólares americanos aunque la moneda sea un papel que no sirve de absolutamente nada, hace mucho calor y todos los hombres andan en camiseta, bermudas y chancletas (con eso basta para enfundar las armas),  la gente habla poco y cuando hablan no dicen nada rescatable, hay todavía militares que intentan poner orden en un caos tal que ya la palabra orden ha perdido más que nunca todo su sentido. Ya lo decían Sartre y Camus: no sabemos lidiar con el absurdo, aunque la existencia es radicalmente absurda; imaginen cuán absurda será cuando la existencia sea entonces la nada.

El protagonista de The Rover, interpretado por Guy Pearce (el mismo de Memento), tiene una única razón y un único asidero para darle sentido a su existencia; pero eso se halla en su auto y se lo han robado unos bandidos.  Está dispuesto a todo, desesperadamente, para dar con ese carro. “Debe ser algo que amas demasiado” le dice en un parlamento una de las únicas dos mujeres que aparecen en la película mientras él le apunta a la cabeza con un arma. Hay que nadar, balsear,  sobrevivir al mundo-naufragio y transitar la carretera estéril junto con él para saber qué diablos es eso que se llevaron en su auto. No seré yo quien les arruine el apocalipsis, vean The Rover y sométanse a la experiencia en carne propia. 

Al final sólo queda una única pregunta, una muy absurda pero a la vez la única provista de sentido cuando ya se ha perdido todo: ¿Y a ti, al final, qué te mantendría siendo humano?



jueves, 21 de agosto de 2014

El affaire lancha.



No tenemos radio y está prohibido salir de la marina sin radio, dijo el Cromañón. ¿Y entonces cómo coño nos vamos a ir de Playa Grande a Camurí en esta lanchita?, dijo Guachi. No importa, lo que importa es que tenemos dos salvavidas, nos tranquilizó el Cromañón. Pana, pero somos tres, dije yo contando con los dedos y mirando los salvavidas que realmente, de servir, servía uno nada más. Tranquilo que ahí nos la arreglamos. Ah, bueno, plomo entonces, prende el motor y vámonos.

Y nos fuimos y el mar estaba picado esa tarde y eran como las cinco y se nos venía la noche encima. Pero ahí íbamos los tres, salpicados por el agua salada que nos rociaba como un aspersor. Saltando en cada estrellada contra la panza de las olas. Sintiendo que el estómago se nos desplazaba medio metro hacia arriba en cada brinco. Y ese frío tan raro que pega en el bajo vientre cuando retas a la gravedad. Pero ya estábamos en alta mar, a la ridícula velocidad de 20 KPH que en nudos quién sabe cuánto es, seguro que algo aún más ridículo que no vas a querer saber.

¿Y cómo a cuánto nos queda Camurí?
Pues como a una hora,  más o menos, no sé, digo yo.

El sol comienza a caer allá al fondo y algo salta sobre el agua, un pez vela o uno aguja.  A esas horas y cuando uno le tiene tantísimo respeto al mar (respeto le llama uno por cobarde al miedo) todos son tiburones blancos. Vamos apenas por el puerto de La Guaira y los cargueros se nos vienen encima, son como dinosaurios marinos, como Moby Dicks de metal oxidado por el salitre, suenan sus sirenas como diciéndonos “apártense, insectos”. El Cromañón apura la marcha pero la velocidad punta de la lancha se empeña en ser aún más ridícula. Guachi disimula, el mentón clavado en el pecho, se está explotando un grano enorme como un huevo frito ahí cerca del ombligo. Yo trato de mirar hacia otro lado y de agarrarme bien pero al tensar los músculos noto que estoy temblando y ojalá el resto de la tripulación no lo haya notado ya.

Esquivamos el primer buque de carga, luego otro más y luego un tercero que parece un barco petrolero, nadie sabe cómo esa vaina flota, debe tener de punta a proa la distancia de El Marqués a Montalbán, y como soy mal nadador lo que estoy calculando es la distancia que nos separa de la costa, la costa que está allá a lo lejos, creo que acabo de ver pasar un carro, un VW escarabajo blanco, aunque puede ser un camión, si es un camión entonces estamos realmente demasiado lejos y no voy a llegar ni de vaina. Ni flotando. Me jodí. Ni nadando perrito.

¿Cuánto falta Cromañón? Como media hora. ¿Media hora?, pero si tenemos una hora ya en esta vaina. Yo creo que Camurí es ya la próxima playa. No, no es, falta un pelo. ¿Guachi tú reconoces qué playa es ésa? No, ni idea.

Somos la única embarcación en decenas de kilómetros a la redonda. Y yo no he escrito un libro, no he tenido hijos, la Nena me cortó hace una semana, sembré un árbol con la ayuda de papá pero resultó un aguacate macho. Vaya mierda todo.

Panas, les tengo una mala noticia, se nos está acabando la gasolina. Bueno, menos mal que no hay perros en el mar porque de haberlos seguro nos mean.

Y en eso reconocemos los edificios de Camurí. Creemos que son los edificios de Camurí. Queremos creerlo. Necesitamos creerlo. Sí, son. Además hay alguien con una toalla blanca que nos hace señales desde la playa.

Marico, ése es tu papá, Guachi.

Llegamos hasta el muelle, amarramos la lancha. Vamos a dejarla aquí, yo luego le pido a mi viejo que mande a alguien a buscarla para llevarla a Playa Grande. No te van a prestar la lancha nunca más en tu vida, güevón. Sí, ya sé. El papá de Guachi viene corriendo hacia nosotros sin soltar la toalla blanca, es como una versión de Centella pero sin lentes y con calva. Guachi se apura en interceptarlo antes de que sus gritos nos alcancen. Nos quedamos el Cromañón y yo viendo la escena a la distancia, como un teatrino con unos títeres muy raros. El papá de Guachi gesticula, amenaza con emprenderla a toallazos contra su hijo. Guachi recibe el regaño sin dejar de tocarse ni mirarse el grano explotado en la barriga.

Recogemos todo con prisa y en silencio. El papá de Guachi nos quiere matar, la mamá ni nos mira, la hermanita tampoco. Nos subimos a la camioneta y nos embutimos los tres -más la hermanita de Guachi- en el asiento de atrás. Esta gente no me va a volver a invitar a la playa en su vida, pienso, mientras el papá de Guachi comienza a regañarnos de una manera muy elegante, tan elegante que no estamos entendiendo ni la mitad. Dice algo de “uno punto dos kilómetros de playa y no, hay que salir a matarse y a retar al destino por el affaire lancha”. Y luego agrega otra vez: “coño, el affaire lancha”. La mamá de Guachi, desde el asiento del copiloto, le da golpecitos en la pierna, cálmate ya, Alberto, que te va a dar algo y no digas esas cosas frente a la niña; pero el señor insiste en “coño de su madre, estos carajitos y el affaire lancha”.

Me dejan en casa, saco mi bolso de la maleta, doy las gracias pero nadie me responde, ya esa camioneta va por el fondo de la calle.

Entro a casa. Mamá está haciendo arepas: cómo te quemaste, seguro que no te pusiste el bloqueador. Papá me mira con sospecha: ¿cómo te fue, chamo? Bien, ahí, normal.


No llego ni al cuarto. Paso derecho a la biblioteca. Ubico entre las repisas al Pequeño Larousse Ilustrado y busco qué coño será eso de “affaire”.

miércoles, 13 de agosto de 2014

La cabeza de Philip K. Dick.




En octubre del año 2005, apurado por tomar la conexión a un vuelo, David Hanson olvidó una maleta en el avión. Dentro de ella viajaba la cabeza de Philip K. Dick.

Cuando Hanson, especialista en robótica de la Universidad de Dallas, estaba apenas recién graduado, inventó una piel sintética sumamente realista a la que bautizó como “Frubber”. Con ese material se había hecho un molde de su propia cabeza y también el de las cabezas de un par de exnovias de los tiempos universitarios. Su más reciente y predilecta creación consistía en la cabeza del escritor Philip K. Dick, fallecido en 1982.

El joven inventor se llevaría su modelo de la cabeza de Dick a una convención de robótica en la Universidad de Memphis y allí ganó la atención de un grupo de investigadores que estaban desarrollando un programa educacional llamado AutoTutor. Decidieron sumar esfuerzos con la convicción de que combinando el Frubber con las habilidades conversacionales del AutoTutor y con motores para simular la expresión de los músculos del rostro, podrían crear el androide más fabuloso jamás: el PKD (iniciales que, obviamente, corresponden a las del famoso autor de ciencia ficción).

En el año 2004 PKD fue sentado en un sofá, vestido con ropas del mismo Philip K. Dick que sus hijos habían cedido para el proyecto. Recrearon una escenografía idéntica al  saloncito de la última casa de la familia Dick e invitaron a un selecto grupo de privilegiados para que se sentaran a conversar con el androide. PKD no sólo hablaba como el escritor sino que literalmente tenía su voz; había sido programado con un software que contenía decenas de entrevistas realizadas al autor antes de su muerte. Si el entrevistador hacía alguna pregunta que ya había sido respondida por Dick, el androide era capaz de reconocerla y responderla tal y como lo había hecho en vida. Y si acaso se trataba de una pregunta fuera de libreto, PKD podía hacer uso de otro software con el que venía equipado para inventarse respuestas creíbles: un sistema llamado “Análisis semántico latente”.

La misma hija de Philip K. Dick se sometió a la experiencia conversatoria con PKD y salió del encuentro confesando: “Es increíble, sentí que realmente estaba hablando de nuevo con papá”.

Por cierto, PKD –durante su fugaz vida pública– fue sometido al test de Turing (utilizado para evaluar a computadoras que se cree gozan de capacidad de pensamiento) y también al Voight-Kampff (creado por Philip K. Dick en su libro “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”). El primero de estos tests había sido criticado duramente por Philip K. Dick pues a su parecer las preguntas evaluaban exclusivamente patrones de inteligencia y para él era importante formular un test más centrado en las emociones características de “lo humano”. La respuesta del escritor al test de Turing fue el Voight Kampff. Pero el pobre PKD  finalmente reprobó ambos.

En el año 2005 Google extendió una invitación a David Hanson para que se acercara a presentarles la famosa cabeza parlante de Dick. Y fue precisamente en ese viaje donde el inventor perdió la maleta que la contenía. Nunca más la pudieron encontrar.

Se dice que la cabeza parlante del androide de Philip K. Dick fue rastreada en dos aeropuertos del estado de Washington antes de perderle la pista. Algunos amigos de la teoría del complot aseguran que está en poder de los organismos de inteligencia rusos. Y otros incluso sostienen que se halla en alguna nación sudamericana (con la cantidad abismal de inhumanos dotados de leves capacidades para el habla y la expresión facial que proliferan en nuestros gobiernos estará difícil identificarla).

En el año 2012 Hanson Robotics anunció la creación de PKD 2.0, un sustituto para el perdido de la maleta, una versión mejorada que ahora cuenta con 36 minimotores faciales más que su antecesor y provisto con un software capaz de hacer sentir al interlocutor que Philip K. Dick sigue entre nosotros más vivo que nunca.



¿Habrá soñado Philip K. Dick con su propio androide? Luego de leer “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” (la biografía escrita por Emmanuel Carrère a partir de sus numerosas y profundas entrevistas con el escritor) uno no tiene otra opción que dejarse invadir por el vértigo. Tiene que ser terrible acabar convencido de que el universo que has creado como autor se está materializando segundo a segundo en la cotidianidad. La paranoia en estado absoluto. Se ha difuminado la frontera entre la realidad y la creación literaria, y ese constructo mental de Philip K. Dick se corporiza de una manera especialmente delirante, esquizoide, paranoide y atroz.  Uno empieza a leer Yo estoy vivo con una risita nerviosa: “qué loco estaba este pana, qué delirio”, pero en la medida en que la lectura avanza es inevitable trastocar la sonrisa por una mueca de angustia en su estado sólido.  Por más que le admiremos y le rindamos culto, nadie realmente quisiera estar en la cabeza de Philip K. Dick.

Ya está, ahora viviremos sabiéndolo: hay una cabeza de Philip K. Dick perdida, dando vueltas por ahí. Revise bien sus maletas y sospeche de esas que se quedaron allí arrumadas junto a la cinta deslizante de los aeropuertos.

Mientras escribía estas líneas juro que sentí un impacto proveniente de la pequeña terraza que tenemos en casa. Me levanté a ver qué era. Una pobre palomita caída del árbol. Se estuvo moviendo entre estertores unos segundos y luego se quedó tiesa. No fui capaz de salvarla en su agonía.

“Caminas por el desierto y te encuentras una tortuga patas arriba sobre su caparazón: ¿qué haces?” es una de las preguntas más famosas del test Voight-Kampff. Sí, me queda claro, lo reprobé.


martes, 5 de agosto de 2014

Las otras lecturas.



Hace unos años asistí a una conferencia en el Centro Rómulo Gallegos donde el escritor Ricardo Piglia hablaba, entre otras cosas, de su autobiografía como lector. Piglia sostenía una teoría tan simple como prodigiosa: los libros que nos marcaron la vida vienen acompañados de la memoria del instante preciso cuando los leímos. Cuándo fue que llegó ese libro a nuestras manos. En qué lugar exacto estábamos mientras lo leíamos. Quiénes éramos en ese preciso momento y qué sentíamos. Somos capaces de recordar minuciosamente hasta la calidad de la luz que nos iluminaba las páginas o la postura corporal que habíamos adoptado mientras estábamos inmersos en la lectura.  La memoria del libro no sólo se circunscribe al libro en sí, sino también al contexto que sirvió de escenografía a nuestra lectura.

Sin embargo, me permito hacer una reflexión complementaria a la de Piglia: no sólo recordamos el libro y con esa memoria viene adjunto el contexto del momento de su lectura, sino que a través de ese libro leemos y recordamos también a quienes nos  lo recomendaron.  El libro entrañable suele venir acompañado de una lectura paralela: la de la persona que nos lo sugirió. Y ese recomendador de lecturas no sólo está presente durante el lapso en el que leemos, sino  que se quedará para siempre instalado y asociado al libro –o al autor- que nos recomendó. Y aunque pase la vida y con ella se lleve por delante a las personas que fuimos y a las que nos rodearon, esa gente recomendadora de libros (sus libros que ahora pasaron a ser los nuestros) nunca desaparece. Nunca del todo.

Siempre he pensado que hay gente que nunca se va, a pesar de que perdamos todo contacto con ellas, porque se quedaron habitando en la música que escuchamos y que indefectiblemente está asociada con su memoria. Algo muy similar ocurre con los libros. Acaso algo aún más poderoso. Porque en ese gesto de “léete esto que me hizo pensar en ti” hay una tercera lectura implícita: la que el recomendador tiene de nosotros. Nos han leído, nos conocen y también nos reconocen en las lecturas que aún no hemos hecho pero que ellos ya intuyen que nos son necesarias.

Hace exactamente diez años, en el verano de 2004, compartía piso con un viejo amigo de la adolescencia que la vida en buena hora quiso llevar a mi casa de la calle Diputación en Barcelona. El día en que mi amigo se fue de esa casa para volver a Venezuela me dejó sobre su cama un libro que durante un año entero de convivencia me estuvo recomendando. Un libro que yo no había querido leer y a cuya recomendación había hecho caso omiso: Plataforma de Michel Houllebecq. Sobre la cubierta del libro estaba pegado un post-it amarillo escrito con el puño y letra de su recomendador, decía simplemente: “Léete esto, es para ti”. Así que finalmente le hice caso. Lo que mi amigo César (alias “el Clutch”) no sabe (nunca se lo dije) es que ese libro significó un golpe de timón en mi vida. No sólo porque implicó un reencuentro con la lectura y el descubrimiento de un autor que en ese momento me marcó la vida, sino porque mientras recorría con fascinación las páginas de Plataforma tomé una decisión: yo tenía que sentarme YA a escribir mi propia novela. No podía esperar más, ni darle más largas, ni sucumbir de nuevo a la cobardía de la procrastinación. Y así lo hice. Me tardé un año en hacerlo. No sé si Experimento a un perfecto extraño, esa novela que acabé escribiendo en gran parte gracias al Clutch, es un buen libro. Estoy consciente de que es una obra imperfecta y plagada de bemoles; pero sí sé que fue el mejor libro que pude escribir en ese momento y de la manera más auténtica que me nació relatar esa historia. No me queda otra opción que esperar el juicio de sus lectores.

Las cosas que escribimos, al final, acaban estando plagadas no sólo de guiños a los autores y obras que nos conforman; están rebosantes también de fantasmas entrañables que a lo mejor no aparecen expresamente en el escrito pero sí son los espíritus que nutren nuestras letras: esa gente de a pie que nos supo leer en sus propias lecturas y se tomaron la molestia de recomendárnoslas personalmente. Allí también, en lo que hacemos o intentamos hacer, se quedaran para siempre habitando y habitándonos.

jueves, 3 de julio de 2014

Futbolsofía.



Decía Albert Camus, quien además de escritor y filósofo fue el insigne portero del Racing Universitario de Argel (RAU): “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como ha quedado de manifiesto en este mundial Brasil 2014, es metáfora envidiable de lo más sublime y lo más patético de la condición humana. Así que con el permiso de Camus –y sobre todo el de ustedes- me atreveré a lanzarme con estas breves futbolísticas que en lo personal se me antojan ricas en certezas sobre la moral y las obligaciones de los hombres.

   - Luis Suárez le propinó una tremenda mordida en el hombro al defensor Giorgio Chiellini. Nada en el universo podría justificar que un jugador muerda a otro en la cancha –al menos no sin su consentimiento-, y mucho menos en el marco de una Copa Mundial. La violencia primitiva de un mordisco no es jamás comparable con un codazo, un cabezazo o un hachazo intencional; quizás estos golpes puedan causar lesiones aún mayores pero entran dentro de la lógica del deporte de contacto. Merecen, por supuesto, ser sancionados con tarjeta roja, multas y partidos de suspensión, pero un mordisco sólo es comparable con un escupitajo en la cara, una clavada de uñas en los ojos, un golpe directo a los genitales, o el uso de agujas u hojillas en los botines para herir a los contrincantes. Ni siquiera en el Club de la Pelea (libro de Chuck Palahniuk llevado al cine por David Fincher) se valían los mordiscos, imaginen ustedes que se permitieran sobre el gramado de un estadio.

     - La sanción a Luis Suárez a raíz de este mordisco –el tercero propinado por él y del que se tenga registro ante las cámaras, hasta ahora- podrá resultar exagerada e injusta para muchos. Un castigo impuesto por un juez inmoral, indigno y cuestionable (la FIFA) que se ensaña contra el delantero uruguayo como si se tratara de un criminal. Pero si las mordidas son inmorales en el boxeo (recordemos la oreja masticada de Holyfield en las fauces de Tyson), las artes marciales mixtas, el mencionado Club de la Pelea y hasta en las mismísimas reyertas callejeras, imaginen ustedes  lo cuestionables que resultan en el marco de un mundial donde mordedores y mordidos representan a sus países ante los ojos del planeta.

    -  Ahora bien: los simuladores de penales, los reyes del piscinazo, los artistas del “me voy a dejar caer como si me hubieran cortado las piernas para engañar al árbitro” se merecerían –mínimo- una sanción equivalente a la mitad de la de Luis Suárez. Porque si bien la falta de Suárez es un monumento al salvajismo descarado y a la torpeza desfachatada, los simuladores de faltas son unos promotores nefastos de la trampita, el encubrimiento, las malas mañas para ganar por cualquier vía y a cualquier precio. Ante una simulación tan deplorable como la de Robben ante México o la del brasileño Fred ante Croacia, muchos pondrían el hombro con gusto para preferir un mordisco.

   - Los holandeses Van Persie y Robben, notables delanteros de la selección naranja, curiosamente ejecutaron el mismo movimiento de zambullida con la cabeza en alto, la espalda bien arqueada y los tacos apuntando al cielo. Ambos malabares acabaron sentenciando el juego: el de Van Persie por las razones más nobles para culminar en un golazo contra España, el de Robben para fingir un penal de último minuto que acabaría sacando a México del torneo. La belleza y el horror en un movimiento idéntico. La misma maniobra pero en los extremos más distantes del espectro de lo moral.

     - Robben es un gran jugador, un delantero insigne, un hombre al que para nada le hacen falta esas triquiñuelas para hacer lo que mejor sabe hacer: librarse de los rivales y meter unos zurdazos de ensueño que casi siempre acaban en las redes; pero Robben, después de su piscinazo tan ridículo como trágico, tiene plomo en el ala. Para los amantes de este deporte ya Robben no es lo mismo.

    - Brasil y Argentina han llegado lejos en la Copa. Tal vez demasiado lejos para lo que merecen. Ambas selecciones, tan grandes y con tantísima historia, han jugado un fútbol gris y decepcionante; pero ambas han contado con sus respectivas llaves maestras que en un momento de inspiración arreglan el entuerto y maquillan los resultados. Neymar y Messi tienen un mérito que muy pocos: han jugado todo lo que va de mundial ellos solitos, prácticamente sin aliados, sin interlocutores, son las flores que extrañamente se abren gloriosas desde el lodazal.

    - Ha sido un mundial con mucha garra, mucha emoción, por momentos angustioso y trepidante… pero le ha faltado magia. Con la excepción de Colombia, la única selección que se ha acordado por momentos de que el fútbol, además de un deporte, es un acto colectivo de creatividad artística y, sobre todo, un acto de magia. Los conejos y las palomas que han salido de la chistera en Brasil son casi todos colombianos y la mitad de ellos son obra de un mismo y joven mago: James Rodríguez.

     - Dicen las estadísticas que la selección belga disparó al arco 37 veces en el juego contra los Estados Unidos. Y que por primera vez desde 1966, un portero (el colosal Tim Howard) hacía 14 atajadas de goles cantados en un mismo partido. Esto nos lleva a reformular a Einstein, existen entonces tres cosas infinitas: el universo, la estupidez humana y las atajadas de Tim Howard en el mundial (y del universo no estamos seguros).

    -  La FIFA es un monstruo monstruoso, un conglomerado de pillos, un aquelarre de mafiosos en flux y corbata –estamos de acuerdo- pero en el momento en que Neymar se eleva más de un metro del suelo para cabecear por encima de los defensores que le sacan varios centímetros de altura y se saca un testarazo ajustado al palo que el Memo Ochoa vuela espectacularmente para sacarlo con la punta de los dedos al córner, allí no existe la FIFA, allí lo que hay es fútbol. La inmensa mayoría de los futbolistas y de los aficionados no tienen la menor culpa de lo que hayan hecho o hagan los delincuentes bien almidonados de la FIFA. Los que queremos al fútbol lo único que pedimos es eso que son capaces de hacer Neymar y Ochoa. Porque en esos instantes, por fin, la belleza ha derrotado al horror con juego bonito y por goleada.

viernes, 9 de mayo de 2014

De Newtown a Venezuela.


A veces la música que nos atrapa se comunica con nuestra realidad de una manera insospechada. Surge entonces una confluencia mágica en la que la materia acústica se amolda con la cotidianidad. No, no se trata de que escuchamos o entendemos lo que queremos, se trata de que la música que nos gusta acaba siendo el paisaje sonoro de esa película personal a la que llamamos vida.

Así que empezaré a hablar de música pero para intentar hablar de lo que no soy capaz ni sé cómo hacerlo sobre lo que ocurre en Venezuela.

Mark Kozelek, un músico de San Francisco quien fuera el líder de una banda maravillosa –prácticamente olvidada hoy- llamada Red House Painters, hace pocos meses lanzó su nuevo álbum Benji (2014), bajo el nombre de su proyecto como solista Sun Kil Moon. Y resulta que el Benji es un disco extraordinario, no sólo en el aspecto musical (una cosa que toca con los huesos y canta con las vísceras) sino sobre todo por el concepto con el cual construye el álbum: se trata de un documental autobiográfico hecho disco.

Cada tema del Benji corresponde a un capítulo de la vida de Kozelek: uno dedicado a su madre, otro a las aventuras y desventuras con un padre al que adora pero con el que nunca pudo llevarse del todo bien, otro tema corresponde a su autobiografía sexual (las mujeres que tuve y también a las que no pudo amar), otro a los amigos que le marcaron la vida y así hasta llegar a una pieza llamada “Pray for Newtown” (oración por Newtown) que es el tema que inspira estas líneas.

Pray for Newtown es el recuento de una serie de eventos trágicos que, estuviera donde estuviera, marcaron la vida de Mark Kozelek. Me refiero puntualmente a esos sucesos tan tristemente comunes en los Estados Unidos donde un sujeto armado irrumpe en un bar, una escuela, una sala de cine o un centro comercial y simplemente dispara contra los desafortunados que en mala hora se hallaban en el lugar. De esa forma, el autor da cuenta de cómo un amigo de la adolescencia, con el que Mark solía quedarse a beber hasta el amanecer, se presenta un mediodía en un restaurant del pueblo con una ametralladora y dispara contra los comensales. Luego nos cuenta de cómo, años más tarde, estando de gira en Seúl, se entera por la televisión de la masacre ocurrida el día del estreno de Batman en el que un sujeto irrumpió en la sala y disparó a mansalva contra los espectadores. Pocos años después, ahora encontrándose en un hotel de New Orleans, Kozelek enciende la tele para descubrir que en un centro comercial de Portland se ha repetido una escena similar, un día más en los Estados Unidos, todo el mundo comprando y divirtiéndose, excepto el resentido de la escopeta que ha ido al mall a pagarla con las familias que se hallaban allí. Y finalmente, estando esta vez en su casa de San Francisco una tarde de diciembre, recibe una carta de un aficionado que le pide que eleve una oración por los niños de Newtown, un pueblo que -al estilo del tristemente célebre Columbine- sirviera de escenario para la visita a una escuela de un hombre armado que descargó todas sus balas contra maestros y niños.

Y entonces Kozelek, el 24 de diciembre, antes de sentarse a su cena de Nochebuena, decide escribirle una carta de respuesta a aquel aficionado que le pidiera rezar por Newtown: “Yo no sé rezar, pero sí sé cantar y tocar; por todas esas mujeres, niños, madres, padres, hermanas, hermanos, tíos y tías. Lo siento por los asesinatos, por los niños y por sus maestros, lo sentía venir, lo sentí en los huesos y no sé explicar porqué”.

El tema cierra con una invitación a recordar a los muertos de Newtown. A recordarlos, especialmente, cuando estemos bien, a salvo, a punto de celebrar; sobre todo cuando compartamos la mesa y los buenos momentos junto con nuestros seres queridos. A eso nos exhorta Kozelek, a pensar en esa gente que ya no puede hacer lo que nosotros podemos. En fin, a pedir por ellos aunque no sepamos rezar.

Y yo le robo la idea al músico, me apodero de ella para trasladarla al contexto que más me duele: el de todas esas personas que han sido asesinadas, violentadas, humilladas y apresadas injustamente en Venezuela desde febrero de este año. Porque, ineludiblemente, nosotros también podemos construir perfectamente el relato autobiográfico del propio horror. Un horror que se prolonga como si se tratara de una infesta máquina del perpetuo movimiento.

Estemos donde estemos, con los dones y las armas que disponga cada quien, no nos olvidemos de esa gente que ha sufrido y sigue sufriendo. La reescritura de la historia no corresponde a los gobiernos ni a los héroes, sino a la gente de a pie. Que cada quien, entonces, ore y accione como mejor sepa hacerlo. El día que dejemos de hacerlo es porque nos dejó de importar. 

viernes, 21 de marzo de 2014

El viejo lector de la plaza.


El horror enmudece. Llevo días cautivo en la mudez. Incapaz de escribir algo congruente, rebotando entre mis intentos fallidos al tratar de convertir en palabras esa madeja de espanto que llevo hecha remolinos entre el pecho y la cabeza.

Venezuela duele. Duele un montón. Duele a la distancia y duele tan adentro a la vez. Duele también a tiempo completo.

A veces no soporto más -no me soporto a mí mismo- y me obligo a salir a caminar. A respirar otro aire, que me pegue un poco el sol (el mismo del que mi padre decía: donde entra el sol no entra el médico), alejarme aunque sea por una hora de la pantalla donde se empeñan en correr a caudal roto las noticias terribles provenientes del país. Cada día más. Cada día otras nuevas. Cada día aún peores que las del anterior.

Me encajo los audífonos y camino sin rumbo definido. Debo parecer un muerto en vida, un sonámbulo que exuda angustia: “ahí va otra vez ese tipo mirando al suelo”; así dirán. Qué le vamos a hacer, ya poco me importa.

Sin embargo, hay una imagen se me luminosa con la que me topo en esas caminatas. La encuentro en la placita que está en la intersección entre Horacio y Edgar Allan Poe, esa misma en cuyo centro hay una fuente a la que no hemos visto encendida jamás. En esa pequeña plaza circular suele sentarse un viejo lector. Es un hombre moreno de pelo blanco. Debe rondar los 80 años. El hombre siempre está leyendo un libro de esos de segunda mano, a saber de dónde los saca. Levanta su libro -con la espalda muy recta y las piernas cruzadas- hasta la altura de la cabeza con una mano; con la otra sostiene un cigarrillo que se fuma con gozo en lentas caladas.

Hace unos meses el viejo estaba metido de cabeza en un libro llamado La cuarta dimensión. Hace unas semanas lo encontré con El corazón de las tinieblas de Conrad. El otro día estaba leyendo Duna de Herbert (y yo casi lo abrazo). Esta mañana estaba enfrascado en Fundación e Imperio de Isaac Asimov. Es que además tiene buen gusto para la lectura el abuelo.

Nunca me he atrevido a hablar con ese señor, no lo quiero interrumpir en su lectura, además me da vergüenza acabar cometiendo la torpeza de pedirle que me adopte como nieto (perdonen, yo nunca conocí a mis abuelos, ni a Santos ni a Augusto, ellos murieron cuando mis padres estaban muy niños, así que me he visto obligado a inventarme una memoria fantástica a partir de los pocos retazos que he logrado unir a partir de lo que me cuentan de ellos). El hecho es que le estoy profundamente agradecido a ese caballero. Ese señor simboliza, así con su librito usado y su cigarro fumado sin miedo, una imagen que bien quisiera para mí y los nuestros.

Confieso que deseo, con ansia infantil de nieto que nunca fue, que ese viejo sea todos nuestros viejos. Que cuando el horror ceda –porque tiene que pasar y ojalá sea pronto- haya una proliferación de viejos lectores en nuestras plazas. Viejos tranquilos que ocupen sus banquitos con libertad y sin miedo. Que se fumen su cigarrillo con calma y placer porque están claros en que lo peor ya pasó. Se quedó tan atrás. Tienen en su haber la misión cumplida de  una vida ya vivida y que además se vivió bien. Ahora es tiempo de leer y fumar (y al carajo con los consejos del médico). Se me antoja que es una imagen de una calma y una felicidad prodigiosas.

Muchos hablan de que el futuro es de los niños y los jóvenes. Que vale la pena luchar por la libertad para que ellos la tengan garantizada. Y eso está muy bien, pero a mí el viejo lector me ha cambiado un poco el discurso y la mirada: ojalá quienes aún no han llegado a esas edades les pasaran por al lado a los viejos lectores de la plaza, se vieran proyectados a futuro en ellos, y decretaran “cuando yo sea grande voy a querer una vejez como ésa”.